jueves, 8 de febrero de 2007

Chacao

Chacao es uno de los cinco distritos de Caracas. Está gobernado por Leopoldo López, joven y apuesto político opositor. Chacao es uno de los barrios de Latinoamérica con mayores ingresos. Se dice, y me lo creo. Tiene policía propia, y gestiona sus propios recursos. A la policía de Chacao, la llaman los caraqueños Fisher Price, por su apariencia de juguete y su ligereza frente a la Policía Metropolitana (PM).

El otro día, en el Rosal, una zona de Chacao al ir a aparcar el carro, vemos una gran línea amarilla prohibiendo el estacionamiento. "Si ya estamos en parking", nos dijimos. Preguntamos, y la respuesta es de Monopoly: "Es el espacio reservado para el helicóptero". Nos alejamos un poco, y... ¡coño, es cierto! Una gran H, indicando el helipuerto. Dejamos el Twingo amarillo, justo al lado. Habría que ver el aterrizaje de un Alouette al lado del pequeño Renault... Conversando de tú a tú, entre las aspas.

miércoles, 7 de febrero de 2007

Caperucita sin lobo

Las colas generan introspección, y rabia. Otra cosa no, pero colas en Caracas hay para hacer un museo. Si alguien se queja del tráfico en Madrid, que agarre un carro en Caracas a partir de las 6 de la tarde. Ayer, una hora embotellados/abotellados para llegar a la presentación de un libro.

El ganador del Herralde, Alberto Barrera Tyska. Gran periodista, sus columnas dominicales en El Nacional son ejemplos de que por qué se lee y para qué se escribe periodismo. Su audiencia, sin embargo, optó por la autocomplacencia, y el bebercio. El tipo tiene cintura, y escapó de los dardos envenados, con soltura y whisky.

En 2004, publicó junto a Cristina Marcano, la que probablemente sea la mejor biografía sobre Hugo Chávez: "Chávez sin uniforme" (editada por Debate). Es amena, certera y ajena a la dicotomía hagiografía/tragedia que tanto gusta a forofos de uno y otro lado. Tanto que, en el mismo debate, se le acusó de haber endulzado (atención al verbo) la figura política de Chávez. Cuando el relato es destemplado, agrio en ocasiones, pero a la vez atento a las dobleces y los matices grisáceos de eso que llamamos política. Chávez, como síntoma.

martes, 6 de febrero de 2007

Amor

A veces, caminando perdido por una ciudad nueva, uno descubre cuadros deslumbrantes. Deambulaba por algún lugar de Chacaíto, en el centro de Caracas, a medio camino entre mi humilde trabajo y mi sofisticada morada. Justico en frente del Country Club (el club de golf de esa parte de la ciudad que sabe lo que es viajar en helicóptero para ir a la playa): una inmenso campo de 18 hoyos rodeado por alambre espino y vallas electrficadas de última generación.

Esta declaración de amor, que lo tiene todo: sinceridad, humildad, pasión, creatividad ortográfica, brevedad e, incluso, serenidad.

La revolución no tiene aquí nada que decir. El discurso político se arrodilla antes la inmensidad de la cincelada arbórea. Hay un escritor ahí detrás. ¡Que alguien le busque, coño!, grité.

lunes, 5 de febrero de 2007

El Trolly

El Trolly es un bonito bar caraqueño en el que degustar arepas, cachapas, jugos y otros manjares tropicales. El Trolly muestra una decoración fascinante: algo así como un bar de Los Ángeles de 1950 (luces de neón, cuadros de Hopper, camareros ataviados con uniformes diseñados décadas atrás, simpatía sin prisas), pasado por el filtro del más desbocado catolicismo criollo (altares de varias vírgenes, cirios encencidos, canastos con dinero en pago a plegarias aún por atender).

En la televisión encendida, un grupo de norteamericanos con casco corría detrás de una pelota ovalada. Era la Superbowl. El mayor espectáculo deportivo del mundo (tal y como dice el lema publicitario). Por cierto, ganaron los Colts de Indianápolis. Nadie le prestó atención.

En el parking, uno puede pedir la comida y la bebida servida en la ventanilla de los coches. Todos los coches tienen las ventanillas tintadas. No hace falta salir a la luz. Como en los autocines de las películas yanquis.

De repente, un señor con bigote y una camiseta de la selección de fútbol de Brasil entra el bar tomando una cerveza. Y dice: "¡¡Que viva Chávez!! ¿Acaso ha hecho algo mal Chávez?" La gente le mira atónita. Y los camareros se agarran las barrigas en pleno ataque de risa. Es un viejo amigo del bar, que anda más bebido de la cuenta.

PD - No hay fotos porque, según el gerente del Trolly, es un lugar frecuentado por parejas de amantes (no) casados. Y uno de los grandes ventajas del Trolly es su discreción, el respeto por la intimidad.

sábado, 3 de febrero de 2007

viernes, 2 de febrero de 2007

Silicon Valley 2

Tomando unas cervezas ayer en El Patio, un acogedor garito en Baruta, me comentó un amigo venezolano que a Caracas la conocen ya como Silicon Valley 2. Tal es la cantidad de implantes mamarios que se realizan en la ciudad, con cirujanos de reconocido prestigio internacional. Muchas latinoamericanas (casos de latinoamericanos se conocen pocos) vienen a Caracas a operarse los pechos. Parece ser que, sin embargo, para cuestiones de odontología el destino más reconocido es Colombia. Especialmente Bogotá. Estas cuestiones de especialización médica no dejan de sorprenderme, y siempre me da por pensar que reflejan de un modo u otro la idiosincrasia de cada país. Dientes en Colombia, tetas en Venezuela.

El otro día salía de casa (mi última okupación de lujo) con mi jugito de todas las mañanas cuando me sorprendí al ver a una mulata colocando/mostrando/valorando el pecho recién adquirido como quien se prueba unos zapatos nuevos. Sus amigas asentían con seriedad.

Por quedarme mirando, casi me atropellan. Y es que aquí las señales de tráfico son un adorno vacío de significado, y las normas de tráfico un algoritmo ininteligible.

jueves, 1 de febrero de 2007

Caracas, un miércoles noche

Empezamos la noche en el Centro Cultural de Chacao, versión venezolana de La Casa Encendida o el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB). Gafas de pasta y cuellos estirados. (Yo tengo ahora gafas de pasta, cuello estirado de momento no). Absolut, inmune a la revolución nacionalizadora, patrocinaba el evento. Vodka gratis. Un policía protegía la barra de la masa moderna/sedienta.

Seguimos en un taberna de escenografía castiza. Cerveza fría y aire acondicionado gélido. (El aire acondicionado siempre es gélido en Venezuela) Preguntamos si pueden bajarlo. La respuesta es la cotidiana: está estropeada. ¿Y no podrían apagarla? (la conversación entre vahos). "No, chamo, hay que estar fresquito".

Después un garito de hip-hop criollo. Había una chica con una pelota en la cabeza. Se pasó una hora con la pelota en la cabeza. Al final, lógicamente, se cayó. (Newton es mucho Newton). Con naturalidad, se la volvió a colocar. Me quedé con ganas de preguntarle qué coño signficaba el numerito de la pelota. Misterio sin resolver.

Para finalizar, El Sarao: un local de salsa y merengue en los bajos de un centro comercial. (Aquí los centros comerciales son la referencia para todo: la brújula social). Al entrar, el consabido cacheo. Entramos, por tanto, desarmados. Una orquesta más que decente calentaba el ambiente. La pista de baile, un espectáculo fascinante. Bailan con una sencillez y una elegancia que desconcierta. En la televisión (en los múltiples televisores), un partido en vivo de la NBA: San Antonio Spurs contra Utah Jazz. Buen partido. Pero lo asombroso era la pista de baile. Nadie miraba la televisión, claro está. Faltaría más.

PD - Tengo, por fin, casa.