martes, 13 de marzo de 2007

Sopa de piraña

Dos monstruos de la naturaleza, a medio remojo en aguas del Orinoco. El de tez olivácea es Julio César, nuestro barquero por aguas y caños del río. Un vecino de Piacoa, un lugar en el delta del Orinoco en el que era mucho más difícil encontrar agua que cerveza fría, y eso que llevaban diez días sin electricidad. Julio César no se cansaba de alabar las propiedades afrodisíacas de la sopa de piraña. Desafortunadamente, no pudimos probarla. Aunque a juzgar por las historias de Julio César era puro realismo mágico.

No vimos muchos animales, apenas unas toninas (delfines de río) y unos monos aulladores (aguaratos) que se hallaban en silencio, serían los raros de la familia. Lo que más sorprende del Orinoco es su inmensidad, un mar verde, y el silencio sobrecogedor que, de repente, se llena de los sonidos más desconcertantes. El agua es limpia y Julio César, a la vez que achicaba el agua que se acumulaba en la barca, bebía buenos sorbos directamente del Orinoco, estuve a punto de acompañarle (el sol era abrasador y pegaba plano debido a esas cosas de la astronomía) pero un prurito sanitario y un gritito de mi estómago pidiendo clemencia me disuadieron. Julio César, sin embargo, aseguraba que: ¡ummmm, está sabrosa! Nos llevó a un casa en medio del río (una autopista sin indicaciones de ningún tipo, a la media hora todas las bocas de los caños te parecen iguales) en la que un hombre vivía en una hamaca, cuatro perros se morían con tranquilidad bajo el sol tropical y cinco cerdos correteaban buscando sombra. El hombre tenía una escopeta y cuatro dientes, juegueteaba con el cañón de la escopeta con el dedo gordo del pie y su mano al darle saludarle me pareció un pergamino.

Al llegar al puerto, descubrí que estaba medio rojo, medio moreno por el sol, y que la gente al borde del Orinoco apenas tiene agua potable, pero dispone de televisión por cable y la cervecita más fresca que he probado. Volvimos a las 6 de la tarde, porque a partir del anochecer aparecen los piratas, que vienen encapuchados, y roban el motor de la barca a punta de pistola y machete. ¿Y la policía?, pregunto a Julio César. "La policía no se mueve del cuartel, que es más seguro", dice Julio César.

lunes, 12 de marzo de 2007

Pare, mire, escuche

¡Atención! Así indican en Venezuela, estado Bolívar, a los conductores la proximidad de un paso a nivel. Así hice: paré, miré, escuché y tomé la fotografía. Cerca de Puerto Ordaz. Apenas a 30 kilómetros de la represa del Guri, la segunda más grande Latinoamérica (la otra es Itaipú, entre Brasil y Paraguay). Surte de electricidad al 60% del territorio venezolano, e incluso vende parte de su producción a Brasil y Colombia.

De camino, en nuestro viaje, en una las numerosas alcabalas (controles policiales) de las carreteras venezolanas, dos de los soldados de la Guardia Nacional (GN) nos pidieron que les llevásemos a la represa, pues debían cumplir turno. Es difícil decirle no a un tipo vestido de caqui y con un subfusil del tamaño de un fémur. Y sin son dos, pues la decisión es obvia. Hablamos de política, y de España. No de política española. Nos preguntaron qué nos parecía Chávez, el comandante. Yo iba conduciendo, Jaime de copiloto iba explicándoles que era biólogo... Al ver que nos azoramos un tanto por la pregunta, para tranquilizarnos, uno de los soldados nos dice: "... pero estense traquilos, no hay problema, conversen lo que gusten que no les vamos a llevar presos ni a detener..." Hablamos, hablé, pero di más vueltas que un tiovivo para no decir más que vaguedades repletas de adverbios fugaces y frases a medio hacer, casi me mareo de hablar y no decir nada. Pero nos reímos los cuatro de lo lindo. Claro, entramos al parque como si fuésemos el canciller de energía, no nos miraron ni la cara. Como la seda. Los subfusiles FAN asomando por la ventanilla del twingo amarillo y las boinas rojas de la GN eran la mejor credencial. ¡Adelante, son buenos panas (chicos)!

lunes, 5 de marzo de 2007

El Silencio

Este es el barrio de El Silencio, en el centro histórico de Caracas. Hoy en día es un hormiguero humano en el que el silencio brilla por su ausencia. Como contraste, a nivel retórico, tiene sentido el nombre del barrio. Pero el motivo de llamarse El Silencio, se debe a una espantosa peste que se declaró en la zona a mediados del siglo XVIII. La peste del vómito negro, la llamaban, así que no me extenderé más sobre ese punto. Su acción fue tan devastadora que muchos de los habitantes del barrio (sobre todo los vivos, claro está) comenzaron a emigrar hacia los pueblos que rodeaban Caracas por entonces y que hoy ya son parte de la ciudad: El Cafetal, Petare, Chacao... Y claro, no se escuchaba una voz (ni un alma) en El Silencio, por entonces. De ahí la denominación.

Hoy todo es al revés: el bullicio y el ajetreo es tal que hasta los indigentes no paran quietos. Uno puede encontrar cualquier cosa, cualquier cosa en los aledaños de la zona. Pasear por El Silencio es uno de esos raros placeres que ofrece Caracas. Es como nadar en medio de un oceáno humano embravecido.

PD - A la tarde salgo de viaje hacia Ciudad Bolívar y Puerto Ordaz, estaré una semana por el Oriente del país. Así que, dependiendo de las conexiones internaúticas, publicaré (o no) nuevas entradas. Trataremos de llegar al Delta del Orinoco.

Jinetes en la noche

Aquí se puede ver a un llanero, a última hora de la tarde, listo para emprender un viaje por los llanos venezolanos. La yegua, de nombre Renata, corría para atrás. Caso fascinante en el mundo equino.

Últimamente, se discute en Venezuela acerca de la existencia o no de escasez de alimentos en el país. Unos dicen que no, otros que sí. El coordinador de los Círculos Bolivarianos ha llegado a señalar en un arrebato de relativismo revolucionario que "la escasez depende en muchos casos de la percepción por parte del consumidor que acude a los Mercados". Tal cual. Lo cierto es que el control de precios al que obligan a vender productos como el pollo, el azúcar, los frijoles (aquí llamados caraotas) ha generado que muchos empresarios decidan no vender a pérdidas (como quiere el Gobierno) y no pongan en venta las mercancías. Resultados: la mercancía se encuentra en los buhoneros (vendedores ambulantes informales) a un precio muy superior.

Pero que nadie se escandalice, uno puede encontrar divinos quesos franceses y españoles, vinos australianos, o whisky escocés etiqueta negra sin problema. El país es una jaqueca económica a lomos de una rumba salsera. Aquí querría yo ver a los economistas más rectangulares, les saldrían sarpullidos. Aquí todo es válido al mismo tiempo: compra a futuros, cambio de divisas a cinco precios distintos, cupones de comida, el trueque, nacionalizaciones a precio de mercado... Pero Venezuela continúa, impertérrita. Me decía el otro día un colega venezolano: "Venezuela no es un país, chamo, Venezuela es un clima".

viernes, 2 de marzo de 2007

Métafora visual de Caracas a ras de suelo


Hermann Capriles

Uno de los personajes más fascinantes de Venezuela. Ya hablé de él. Aquí lo muestro navegando por el río Tiznados. Lo tengo también cantando joropos, agarrando una serpiente o cabalgando un caballo como un mozo andaluz. Tomaba ron como quien come maníes (cacahuetes). Su dieta era básica, clásica: "sólo como una vez al día, estoy gordo, tengo reservas".

Ayer Chávez, en su Aló Presidente, expuso su teoría acerca de la belleza intrínseca de Sudamérica. "Norteamerica -decía con un mapa en la mano- es fea, toda desparramada por aquí arriba, desmembrada. Sin embargo, miren Sudamérica, una bailarina bailando sobre un sólo pie. La geometría perfecta. Y lo digo sin ideología. La más bella".

jueves, 1 de marzo de 2007

La rigidez del tiempo

Ayer me disponía a comprar el boleto para viajar a Bogotá, con motivo de una boda vasco-danesa-colombiana. Todo perfecto, hasta el momento del pago con mi tarjeta de débito venezolana. Era el último día del mes, 28 de febrero. Pues bien, como todo el mundo sabe, menos yo, los últimos días de mes las tarjetas de banco no funcionan en Venezuela. "Los bancos están cansados, cierran sus servicios y se dedican a contar el dinero". Explicación prístina, mueca sarcástica. Hoy a primera hora he pasado por la agencia (se llama Trotamundos) y he pagado. "Se han despertado contentos los bancos", me dicen. Esto de considerar a los bancos como niños de teta me parece una violenta ironía.

En la noche acudí al Centro Catalá a un cumpleaños. Música: Deep Purple, Rolling Stones. Vino: Tempranillo de Navarra. Comida: chistorra, camarones y ceviche. Una placa de 1983, inaugurada por no sé quien, rezaba una cita del ínclito Simón Bolívar: "Ojalá los pueblos de Sudamérica tuvieran el mismo sentimiento nacionalista de los catalanes". El Centro Catalá es una maravilla, en las faldas del Monte Ávila, con Caracas a sus pies.

En una conversación con una chica que trabaja para Unicef en Puerto Ayacucho, capital del estado de Amazonas, se quejaba amargamente acerca de las dificultades para acceder a comunidades del Alto Orinoco, en la selva. 10 días de viaje remontando ríos, para explicar medidas de prevención de la malaria, y al llegar al pueblo se encontraban con que todo el mundo tenía coca-cola y camisetas y franelas rojas de Chávez. "Los microscopios (imprescindibles para detectar la enfermedad en sus primeras fases) nunca llegan. Las camisetas y la coca-cola, en cambio, nunca faltan". Otro de los problemas, me decía, es la dificultad para explicarles a los indígenas la ncesidad de tomarse las medicinas tres veces al día. "El tiempo, para ellos, funciona de otro modo. No conciben las tres de la tarde, por ejemplo. Es algo demasiado rígido".