Ahí sigue, fiel y leal a la causa, el caniche chavista: rosa rosita. Me lo encontré en la manifestació hace un par de semanas. Un sábado, a media mañana. Apenas ladra, pero tiene una mirada que denota un cierto cansancio, una fatiga indefinida. Siempre va en brazos de su ama, la responsable del tinte. Es uno de esos perros a los que sus congéneres calificarían de pequeño-burgueses: no camina, vive entre los pechos abultados de su propietaria. Sube, baja, cambia de hombro, de pecho. Pero jamás camina.Seguí a la extraña pareja un buen rato, mirando fijamente a los ojos del caniche, buscando algo en su mirada. Silencio perruno, ni siquiera un ladrido. En un momento de desesperación, llegué a pensar que se trataba de un muñeco de trapo. Al poco, se movió. Apenas unos centímetros, pero se movió. El caniche chavista está vivo.

