Eso consiguió el portugués Magallanes en 1522, con financiación de la corona española, porque su rey, (a quien fue a ver en primer lugar, todo hay que decirlo), le escuchó como quien oye llover. Bueno, tampoco lo consiguió, porque murió a manos de unos "salvajes" en lo que hoy son las islas Filipinas. Magallanes salió en septiembre de 1519 rumbo a las islas Canarias, y desde allá bordeó la costa occidental de África, cruzó el Atlántico, tocó Brasil, buscó el paso hacia el otro océano en Argentina, y siguió bajando, bajando hasta que alcanzó el estrecho que lleva su nombre y donde perdieron la vida y razón la mayoría de sus hombres. (Tampoco él andaba muy bien de la cabeza, pero, ¿qué aventurero sobresale por sentido común y cordura?). Subió luego por el Pacífico de isla en isla, de archipiélago y archipiélago, de paraíso en paraíso. O eso creían.
Quedaron pocos: Juan Sebastián Elcano, español que traicionó a Magallanes y que al final se llevó las mieles del triunfo, como todos los buenos traidores, al alcanzar el Guadalquivir de vuelta en septiembre de 1522; y el cronista italiano Pigafetta, quien formaba parte de la expedición y que contó la historia que sirvió posteriormente a Stefan Zweig para escribir la fascinante biografía "Magallanes". Todo es bueno en el libro, pero destaca el momento en el que Pigafetta, a punto de tocar Europa tiene que desembarcar de incógnito en Cabo Verde, para conseguir las provisiones necesarias para que la tripulación no muera de hambre. Y esto es lo que ocurre, tres años después de la partida:
Corto y arriesgado había sido el alto hecho en Cabo Verde, pero a él debía Pigaffetta, el apto cronista, en los últimos momentos de su estancia, uno de los prodigios por amor a los cuales emprendió la expedición: era el primero en observar allí uno de los fenómenos que por su novedad y signficación le absorbería durante nucho tiempo. Los hombres que habían ido a la playa para comprar víveres regresaban, asombrados con la noticia de que en Cabo Verde era jueves, mientras a bordo les aseguraban que era miércoles.
Tampoco Pigafetta salía de su asombro, porque precisamente durante aquel viaje de casi tres años había llevado su dietario con exactitud. Sin interrupción había ido contando: lunes, martes, miércoles, etcétera., semana tras semana, año tras año. ¿Habría pasado por alto un día? Preguntó a Francisco Albo, el piloto, que registraba también todos los días la fecha en su libro de a bordo, y ¡tenía asimismo aquel día registrado como miércoles! En su vuelta al mundo, siempre con rumbo al oeste, se les habría escapado un día, por razones inexplicables, a los navegantes, y cuando Pigafetta comunicó el singular fenómeno, el mundo ilustrado se admiró. Se habría descifrado un secreto que ni los sabios de Grecia, ni Ptolomeo, ni Aristóteles, pudieron concebir, y que el impulso de Magallanes estaba destinado a revelar: que la esfera del mundo no permanece fija en medio del universo, sino que se mueve con ritmo singular sobre su propio eje, y que quien la sigue en su giro navegando hacia occidente puede arrebatar tiempo a la eternidad.


