sábado, 30 de junio de 2007
Marilin
jueves, 28 de junio de 2007
Época de lluvias
La paleta de verdes alcanza en los Llanos, en época de lluvias, el paroxismo. Múltiples matices caben en el pincel: verde óxido, verde viejo, verde botella llena, verde alucinado, verde mate, verde soleado, verde agua, verde botella vacía, verde arcoiris, verde mojado, incluso verde ciego. Cuando llegan las lluvias (y llegan todos los días), el cielo se deshace sobre la tierra en forma de gotas de lluvia del tamaño de una pelota de golf. Por cierto, olvidaba un verde, el verde golf. Todo se oscurece, y el olor de la tierra inunda el ambiente. Son trombas de agua descomuncales, diluvios bíblicos sin Noé (ni su arca) a la vista. Al despejar (y despeja todos los días), la tierra parece agitarse con los primeros rayos del sol, los pies notan el temblor del suelo que se despereza. El calor, entonces, irrumpe sin contemplaciones, como una pedrada en la cara. Y es ahí cuando a uno, cobijado bajo cualquier sombra, se lo comienza a poner cara de iguana. Tal que así.miércoles, 27 de junio de 2007
El silencio de la guacamaya
La guacamaya somnolienta veía pasar la tarde a la sombra, como todos. Hablaba poco y no podía volar, por una vieja lesión de juventud, según nos comentó Brito, el hijo de Ramón. Pero sí que podía picar, y no le gustaba un pelo que le tocasen la coronilla, algo que los niños no dejaban de hacer. Se llamaba Rosa, creo, y jamás salía del hato (granja), donde estábamos alojados, a una hora de Mantecal.El viaje desde Caracas (10 horas) en autobús fue a lomos de un destartalado ejemplar que había roto sus amortiguadores, de modo que cada bache o agujero (y hay unos cuantos hasta el estado Apure) lanzaba a los aires a los pasajeros que, medio dormidos pues el viaje era nocturno, se despertaban con sus posaderas en vuelo. Sorprendente y angustioso, porque la sensación de velocidad era mucho mayor de la real. La gente gritaba, desde el final del autobús: "¡¡Chamo, pare la yegua!!". Ni caso.
Al día siguiente, nos fuimos a cabalgar. Mi caballo se llamaba "malandro" (ladrón), y el cabrón espero a que me soltase en las llanuras a correr, para frenar en seco, girar la cabeza hacia un lado y conseguir, sin apenas esfuerzo, que un servidor volase por los aires. Rodé y caí. ¡Crash! El caballo me miró a los ojos con ironía, y las carcajadas bailaban en sus pupilas. Íbamos cuatro en la expedición, y los cuatros acabamos por los suelos. Jinetes del futuro, sobre caballos malandros.
lunes, 25 de junio de 2007
Instantánea para una biografía aventurera
Ahí está, una anaconda en todo su esplendor. Olía a mierda, literalmente. Y pesaba un quintal. Claro, aquí andamos Eneas y yo (Jaime está tras la cámara) en la zona trasera por aquello del respeto y el cuidado a uno mismo. "Estamos en la casa de las serpientes", nos dijo nuestro guía, Ramón. Un llanero de esos de barriga prominente y sin los dos dientes centrales de tanto mascar no sé qué. La vimos al comienzo de la tarde, pero hasta los llaneros se asustaron de lo grande que era. "No, chamo, es demasiado grande". A las dos horas, volvimos y Ramón hizo la pregunta fantástica. "¿Volvemos por la anaconda, se atreven?". Yo respondí algo no muy parecido a un sí. Y nos fuimos, o me llevaron. Brito, el niño, la miraba como quien mira un croissant. Primero tuvimos que obligarla a moverse para que se desenroscase. Luego, el hijo de Ramón (quien la sostiene por la cabeza), la atrapó sin más ayuda que la de un palo. "Cojones como campanos", dirían en la tierra de Boves y la mía. Y ahí parado, a aguantar posando para la foto aventurera. La anaconda se enrosca con una fuerza asombrosa y las contracciones de su cuerpo impresionan por su descomunal potencia. Hubo dos intentos. El primero acabó con nosotros corriendo para un lado, y la anaconda enroscándose sobre el palo del hijo de Ramón. "En cuanto se enrosca hay que soltarla, lejos del agua. En el agua la anaconda puede contigo, en tierra puedes con ella". A la segunda lo conseguimos. No es inusual que las anacondas se coman enteros venados, reses, chigüires (roedores del tamaño de un perro que habitan los llanos venezolanos) y... claro está, ¡llaneros!
miércoles, 20 de junio de 2007
Reptiles y anillos
Esto es la cabeza de una anaconda joven, y el anillo de un joven venezolano, natural de Guarenas, una de las ciudades que rodean Caracas conformando el anillo metropolitano y sobrepoblado de la capital venezolana. Nadie sabe exactamente cuante gente vive en Caracas. No existe censo, y los barrios de los cerros carecen de los servicios básicos, por lo que es imposible calcular la población. Se calcula que, a ojo de buen cubero, que en Caracas viven alrededor de 7 millones de personas. Yo casi diría que hay más, pero a partir del millón cualquier ser humano en sus cabales pierde la perspectiva numérica.Hoy a la tarde salgo rumbo a los Llanos Occidentales venezolanos. Destino Mantecal, en el estado Apure: diez horas al sur de Caracas, en autobús. Allí esperamos encontrarnos con las hermanas mayores de la anaconda de la foto, ahora que ha comenzado la época de lluvias, debe haberlas del tamaño de un tronco de roble. Por cierto, su mordedura no mata, lo que mata es el abrazo letal al que somete a sus víctimas.
martes, 19 de junio de 2007
Verde oliva
domingo, 17 de junio de 2007
Feminismo en lata
Hoy me tomé casi un litro de jugo de parchita, leyendo la prensa criolla en la mañana. Y es que aquí, la vida se expresa en los múltiples jugos y productos que habitan en las fruterías: verdaderos museos, en los que no aparecen los odiosos puntitos rojos de compra artística. Arte que se consume en veinte minutos y que recuerda, en el primer impacto en el paladar, a Velázquez pintando en las cocinas de aquel hermoso y lejano siglo XVII. ¡Gloriosa fruta tropical!
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