Lo que sí vimos, y comimos, fueron tres enormes langostas de más de tres kilos cada una. Las pescan a pulmón los pescadores de la isla de Margarita, únicos habitantes de la isla, quienes pasan en ella la mitad del año. Uno de ellos, nuestro anfitrión, Enrique. Enrique cambiaba gasolina por harina y ron, y se sabía todas las canciones de la radio como si fuese una gramola humana. Bajaba a por las langostas a 35 metros de profundidad. "Para bajar, decía, no hacen falta pulmones. De hecho, yo sólo tengo uno (y mostraba una gran cicatriz en la espalda). Lo que se necesita son piernas, para salir de ahí abajo". La isla Tortuga, antiguo territorio de piratas, está cuatro horas de navegación de la costa venezolana. Cuatro horas más al noreste, y se llega al turístico archipiélago de los Roques. A Enrique no le gustaban los Roques. Su argumento, inapelable y repleto de razón: "Allá hay demasiadas leyes". Había que oírle hablando (y riendo) del supuesto gobernador de Isla Tortuga...
martes, 22 de julio de 2008
Isla Tortuga
Lo que sí vimos, y comimos, fueron tres enormes langostas de más de tres kilos cada una. Las pescan a pulmón los pescadores de la isla de Margarita, únicos habitantes de la isla, quienes pasan en ella la mitad del año. Uno de ellos, nuestro anfitrión, Enrique. Enrique cambiaba gasolina por harina y ron, y se sabía todas las canciones de la radio como si fuese una gramola humana. Bajaba a por las langostas a 35 metros de profundidad. "Para bajar, decía, no hacen falta pulmones. De hecho, yo sólo tengo uno (y mostraba una gran cicatriz en la espalda). Lo que se necesita son piernas, para salir de ahí abajo". La isla Tortuga, antiguo territorio de piratas, está cuatro horas de navegación de la costa venezolana. Cuatro horas más al noreste, y se llega al turístico archipiélago de los Roques. A Enrique no le gustaban los Roques. Su argumento, inapelable y repleto de razón: "Allá hay demasiadas leyes". Había que oírle hablando (y riendo) del supuesto gobernador de Isla Tortuga...
miércoles, 16 de julio de 2008
Responsabilidad
lunes, 14 de julio de 2008
Estación de servicio
Ante una parrilla variada, y unas cervezas "Águila", una intrépida amiga le pregunta por la guerrilla y el taxista agacha la cabeza, hablándole al cuello de la camisa y con los ojos del revés, nos dice que "no sabe de política". Que es lo mismo que decir que sabe demasiado. La frontera es zona de paramilitares, la guerrilla está lejos. En el coche habla con más facilidad. Las cervezas que nos vamos tomando (él al volante, mientras maneja a una mano) facilitan la desinhibición. Me pregunta si en España se puede conducir bebiendo. Le digo que, en teoría, no. Y él se ríe. "Pues yo una vez fui ciego, ciego desde Cúcuta a Caracas, y no me pasó nada, Dios me bendiga".
viernes, 11 de julio de 2008
Así
martes, 8 de julio de 2008
Misterio en la azotea
Así se veía, más o menos. Andaba tomando unas cervecitas en un piso doce, en la terraza de un amigo. Conversando por conversar. De repente, unas sombras en la azotea de mi antiguo edificio. Unas sombras que van y vienen. Nos frotamos los ojos, le damos otro sorbito a las "soleras light" y volvemos a ver las sombras: corriendo. La solución al enigma: están haciendo footing o jogging o trotting en la azotea. Una vuelta tras otra, como si fuesen superhéroes mantienendo el tono físico para su próxima hazaña. Apuramos las cervezas, siguen corriendo. Nos levantamos y aguzamos la vista. ¡Asombroso!, proclamamos. Correr alrededor del perímetro de la azotea del edifico. La primera vez en mi vida que lo veo, lo juro. Iba a decir que Caracas es sorprendente, pero es una obviedad. Me comentan que quizá se deba a los problemas de inseguridad de la capital venezolana. Me niego a aceptarlo, y me aferro a la teoría de los superhéroes. Casi diría que vi ondear sus capas al viento.
miércoles, 2 de julio de 2008
Stalin
martes, 1 de julio de 2008
Nueve milímetros
El motorizado del trabajo, un tipo orondo y que sólo habla para contar un chiste o una tragedia (que viene a ser lo mismo), me saluda con un cafecito y una elegante alzada del mentón. Mientras departimos en silencio, me muestra una cadenita que lleva colgada al cuello. "Mira, amigo Alfonso, el regalito que me hicieron el otro día, en Catia. Una bala de nueve milímetros, que me cayó llovida al hombro. Si me cae en la cabeza me la parte en dos. No lo cuento. Estaba tomando una cervecita con un pana, tras la cena, cuando noto el quemazón en el hombro. Me dejó tonto todo el brazo, como muñeco roto llegué a la clínica. No escuchamos nada, ni disparo ni nada. Y porque cayó en músculo y yo soy prieto. Una bala loca que rompió el techo". Y se santigua, mientras apura a pequeños sorbos el guayoyo. Luego me baja en moticicleta hasta el metro de Plaza Venezuela. Una Vespa mil veces remendada, color verde botella y que parece de juguete bajo su inmensa figura redonda. Buen piloto, y mejor narrador. Lleva colgada al cuello la bala de 9 milímetros que le sacaron, junto a la Virgen de Coromoto, para que le proteja. "Feo, muy feo", musita mientras se cala el casco.
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