domingo, 2 de agosto de 2009

Tiuna el Fuerte

Cuando llegamos el mercado se había acabado. Habían comenzado, sin embargo, los conciertos. Tiuna el Fuerte es un "núcleo endógeno cultural", un espacio al lado de una autopista del oeste caraqueño, en el popular barrio de El Valle. Para combatir el calor y el estruendo vendían agua y güarapita (licor casero) de tamarindo, piña y parchita. Por cinco bolivares fuertes (2 euros al oficial, o,50 al paralelo), un vasito de plástico. En el escenario, una divertida estructura hecha a base de contenedores de barco reciclados, a modo de un tetris moderno que busca crear espacios en vez de rellenarlos. Primero un grupo liderado por un saxofonista de barba canosa que llevaba en volandas a sus jóvenes compañeros y que hacían un brillante jazz desquiciado, tropenzado y levantándose con igual elegancia; después, una banda de ska mestizo perfectamente engranada, tan engranada que ni siquiera les mirábamos, sólo escuchábamos mientras mirábamos las luces fugaces de los carros. En Tiuna el Fuerte la revolución no se discute, se practica.
Al poco llega una amiga de un amigo. Algo acelerada nos cuenta que en las apenas dos cuadras del metro a Tiuna el Fuerte acaba de ser testigo de cómo un par de guardias nacionales abatían a disparos a dos choros (ladrones). Allá estaban, decía, los cadávares aún calientes en el suelo. No me pareció extraño, y eso me extrañó. También a ella. Y me lo volvió a contar. Esta vez sí me mostré sorprendido, casi por obligación, por cortesía. Quizá por mi sorpresa desganada, me añadió que ella no quería morir con una de esas balas perdidas, que pululan sin saber de dónde vienen y dónde van por Caracas, segando vidas con una arbitrariedad aterradora.

- Si fuera una bala que llevara mi nombre. Defendiendo, por ejemplo, Venezuela y la revolución de una invasión de marines, de gringos. Entonces, sí, perfecto. Morir así con dignidad. Chévere. Si la bala lleva mi nombre, y es en defensa del "proceso", adelante-, explicó.
Miré hacia la noche, miré hacia el suelo, miré el vaso y miré el agujero del saxo tenor de uno de los músicos. A mí la idea de morir, ni digna ni indignamente, ni con una bala con mi nombre o sin él, me da dolor de barriga, un poco de hambre y un incómodo escozor en la nuca. Le explico que no había entendido la segunda parte del argumento. Lo-de-los-marines-y-los gringos-y-la -revolución-y-la muerte-digna. Ella parpadea, repite el argumento con idéntica lógica y remarcando las sílabas "ma-ri-ne". Miré alrededor buscando una arepera, pero no había ninguna a la vista. Tenía hambre.

Esta claro, vuelvo a Venezuela, vuelvo a la revolución, al "proceso". Y de nuevo con la perplejidad colgando de la mochila de viaje. "¡Uf!Menos mal", me dije aliviado, "pensé que la había perdido".

4 comentarios:

Óscar dijo...

Todavía hay gente que diferencia, Fon, entre morir como el común o morir por la causa, poniendo a Dios por testigo o a Marx o incluso a Chávez. Cuánto mártir absurdo. Creo que habría que adoptar como himno aquella canción que decía: "no, no hay que llorar, que la vida es un carnaval y las penas se van cantando". Igual funciona para recordarles a los pretenciosos que el heroísmo es hacer frente a la vida día a día.
Abrazos
Óscar

eneas dijo...

Bien Fon, parece que vienes con un puntito más.

Besos
E.

David dijo...

Sigue disparando(palabras) bandolero, que aquí las recibimos muy gustosamente a quemarropa! Saludos desde el norte del sur.

juan dijo...

Joder fon que bueno...

Por cierto en septiembre pasaré por laboral a ver si convenzo a tu hermano para que me haga de sherpa por la noche asturiana.

Un abrazo.