miércoles, 23 de diciembre de 2009

Guaguancó

Una de las canciones más hermosas que he escuchado en los últimos meses. A cargo del Grupo Folklórico Experimental Nuevayorquino. Por ser viejos, eran mejores. Al que no le entren cosquillas en la planta de los pies al escucharla entera, que visite a su médico de cabecera.

-Es grave- le dirá.- Más grave de lo que creíamos en un principio. Hay que cortar o injertar. Pero algo hay que hacer...-

lunes, 21 de diciembre de 2009

Paul Lafargue, el perezoso

El 13 de agosto de 1866, Carlos Marx escribió la siguiente carta al novio de su hija Laura, un cubano llamado Paul Lafargue:
Usted me permitirá hacerle las siguientes observaciones:


1º Si quiere continuar sus relaciones con mi hija tendrá que reconsiderar su modo de ‘hacer la corte’. Usted sabe que no hay compromiso definitivo, que todo es provisional; incluso si ella fuera su prometida en toda regla, no debería olvidar que se trata de un asunto de larga duración. La intimidad excesiva está, por ello, fuera de lugar, si se tiene en cuenta que los novios tendrán que habitar la misma ciudad durante un período necesariamente prolongado de rudas pruebas y de purgatorio (...). A mi juicio, el amor verdadero se manifiesta en la reserva, la modestia e incluso la timidez del amante ante su ídolo, y no en la libertad de la pasión y las manifestaciones de una familiaridad precoz. Si usted defiende su temperamento criollo, es mi deber interponer mi razón entre ese temperamento y mi hija (...).
2º Antes de establecer definitivamente sus relaciones con Laura necesito serias explicaciones sobre su posición económica.
Mi hija supone que estoy al corriente de sus asuntos. Se equivoca. No he puesto esta cuestión sobre el tapete porque, a mi juicio, la iniciativa debería haber sido de usted. Usted sabe que he sacrificado toda mi fortuna en las luchas revolucionarias. No lo siento, sin embargo. Si tuviera que recomenzar mi vida, obraría de la misma forma (...). Pero, en lo que esté en mi manos, quiero salvar a mi hija de los escollos con los que se ha encontrado su madre.


(Extracto citado por Carlos Fernández Liria en Kaos en la red)

Grandiosa carta de Carlos Marx, destila una punzante ironía germana, y conjuga dos elementos muy presentes en mi vida actual: revolución y Caribe.
Paul Lafargue y Laura Marx se casaron, a pesar de papá Marx, y posteriormente se suicidaron juntos en 1911. Por lo que parece, Laura no hizo mucho caso a papá Marx. Lafargue, cubano de familia francesa, escribió un opúsculo (adoro esta palabra tan cercana a furúnculo, ambas esdrújulas en u con sufijo final -culo) titulado "El derecho a la pereza".

No lo he leído aún, claro. Por pereza, más que nada. Lafargue lo tomaría como un cumplido, espero.

jueves, 17 de diciembre de 2009

Un cuadrado blanco caribeño

El cuadrado blanco es el trozo de arena sobre el que edificamos nuestra tienda de campaña. Arquitectura efímera en los Roques. Madrizquí, es el nombre del cayo, sin connotaciones futboleras, que conste. Si afinan la mirada podrán ver la silueta del fotógrafo. La diferencia de tonalidades se debe a las dos tormentas tropicales con que nos honraron las dos noches caribeñas. Tormentas como estornudos. La lluvia arreciaba y la tienda de campaña, que compré tiempo atrás en la selva, se movía como los flanes caseros de mi madre en el traslado del frigorífico hacia la mesa asturiana. En el cayo, a la noche, sólo quedábamos el fotógrafo, que curiosamente era de mi pueblo, y un servidor. Había un par de perros, unas decenas de pelícanos que no se cansaban de pescar lanzándose en picado sobre las aguas, cangrejos, pargos y mosquitos: mosquitos grandes y mosquitos pequeños.

Comimos los dos días el mismo menú: langosta y birras. Dos langostas, 18 birras y dos botellas de agua. De cena pargo frito, con ensalada. Para conseguir la comida debíamos rodear la isla hasta un pequeño poblado de pescadores, conocido como Cayo Pirata, al que se llegaba atravesando una lengua de arena arremangados como las lavanderas de antaño donde el agua nos llegaba a los muslos. Sólo tenían langostas y pargos. Uno de los pescadores hablaba acerca de las distancias con otras islas.

Decía cosas como: para Margarita son como 28 horas hacia el este, hacia Aruba son como 18 horas dirección poniente, Curazao está más cerca. Mirabas sus embarcaciones y comenzabas a pensar en Dios y en Magallanes. De noche el cielo estrellado parecía un juego de esos de "une-los-puntos-para-completar-el-dibujo". Me leí un libro de Bruce Chatwin titulado "En la Patagonia". Hablaba constantemente del frío austral. Cada vez que se acercaba al fuego en el libro, yo me iba al mar, a darme un chapuzón, y contemplar a través de las gafas de buceo los cardúmenes de peces y su asombrosa e inquietante vida comunal. Eso sí que es disciplina de partido, pensaba.

jueves, 10 de diciembre de 2009

Tensión en el condominio

Revuelo en mi edificio. Llamadas repetidas del casero al celular. La presidenta del condomio, cargo no sujeto a límites en la reelección, me aborda en una de mis salidas del ascensor. Voy en shores y franela hacia la piscina. Son las diez de la mañana de un jueves esplendoroso en el diciembre caraqueño. Tengo el pelo aún revuelto de conversar con la almohada.

- ¡Ah, mira aquí está! - y me señala, la presidenta. Ni idea de cómo se llama.
- Mira, chamo, disculpa. Quería hablar contigo. Se han quejado del edificio de enfrente, y de nuestro propio condominio. La ropa que colgáis a secar. No sabes la mala imagen que da. La pena (vergüenza) que da a los inquilinos. Hemos mandado una carta de queja a vuestro casero. No podéis seguir poniendo la ropa a secar así, al aire. ¿Has visto la impresión de desaliño que da? Es un problema- continúa.
- Ah, sí, me ha comentado el casero. La vaina es que nos ha traído un tendal que no funciona. En cualquier caso, y con todos los respetos, creo que en el barrio y en la ciudad existen otros problemas más importantes que quizá merecerían más atención, ¿no cree? - explico con mi mejor sonrisa de emigrado.
- Sí, bueno, va. Pero vente, vente a verlo conmigo- insiste.
- No, no, ahora voy a la piscina. Luego quito la ropa. Gracias.- esquivo y arranco mi Vollkswagen, algo que no se siempre ocurre.

Tras nadar, ya de regreso a casa, voy retirando la ropa colgada de las rejas que cubren la ventana. De súbito, una revelación. Una de las camisetas que ondean al viento y disfrutan del sol caribeño es una de las varias que he ido agarrando en diversas manifestaciones chavistas a las que he ido a trabajar. Es roja, con un bonito diseño en blanco y un lema que dice "Vamos con todo". Elemental, querido Watson. ¡Voilà! El enigma se ha solucionado. Es la franela roja-rojita al aire la que ha despertado la ira de los vecinos.

El casero llega a casa: está cada día más gordo y es buena gente. No siempre la gente que engorda gana buen humor. Hijo de italianos, trabaja con una empresa asturiana contratada por el gobierno venezolano.
- Coño, chamos. Sí que me han metido en un peo. El otro día llego a casa y me encuentro con una queja de la junta del condominio. La ropa colgada al aire. Uf, vaya peo. ¡Coño ´e la madre!.- exclama.
Le explico el misterio planteado y la solución intuida. Con periodística imparcialidad, y una leve pizca de ironía.
- Ah, ya va. Ustedes sí que son arrechos. Mira que se lo dije. Con razón. Guárdame esa vaina, háganme el favor- y se va riéndose, como quien acaba de escuchar un buen chiste.

"En fin", suspiro.

jueves, 3 de diciembre de 2009

Sobre el turismo, la tristeza y el hambre


Cuando estoy triste o tengo hambre, que viene a ser algo parecido, suelo acercarme a algún libro de Julio Camba, periodista tan gordo como lleno de socarronería, que es una palabra que me encanta. El otro día, en uno de esos momentos, me topé con este artículo grandioso.

El turista español

En París yo me encontré un día a Félix Azzati, que volvía con su familia de una excursión por Bélgica y Holanda. Azzati estaba muy enfermo del estómago, y el objeto de su excursión había sido visitar a un célebre especialista. Estuvo, como digo, en Bélgica y Holanda. Se le acabó el dinero antes de ver a especialista alguno, y en París, en un hotelito de la rue Monthion, estaba el hombre aguardando a que le echasen un cable para volver a Valencia. Así viaja el turista español. A lo mejor viene a Suiza por motivos de salud, a respirar el aire de las montañas, y luego se pasa toda la temporada levantándose a las cuatro de la tarde y yendo del hotel al café. ¿El Mont-Blanc? Que suba quien quiera. ¿El lago Lehman? Que lo visite quien tenga ganas.

No hablemos de ruinas ni de catedrales góticas. Al revés del inglés, el español es el turista que tiene menos capacidad admirativa para las catedrales góticas y para las ruinas. Es también el turista que compra menos tarjetas postales y es el que posee menos dinero de todos.

Yo me he pasado mes y medio en Bruselas, y no conozco de toda Bélgica más que el boulevard du Nord y un bar de noche, adónde solía ir con un bailarín que se llamaba el Mojigongo. No he estado en Gante, ni en Brujas, ni en Amberes, ni siquiera en el Bois de la Cambre. En Constantinopla yo viví cuatro o cinco meses, y - si ustedes me guardan el secreto- voy a hacerles una confesión terrible. Ni una sóla vez en esos cuatro emses se me courrió entrear en Santa Sofía. Es posible que ustedes se indignen; esto es demasiado fuerte. Antes de indignarse, sin embargo, yo quisiera que ustedes, los de Madrid, me dijesesen cuantas veces han estado en el Museo del Prado y si han estado alguna vez en la Armería Real.

Para el español, dondequiera que se encuentre, lo más importante es él mismo. El español se concede a sí propio mucha más importancia de la que puede concederle al paisaje o a una catedral, obra de varias generaciones.
- ¡Cualquier día vuelvo yo a a levantarme para ver el Mont-Blanc!- dice el turista español si por casualidad se ha levantado alguna vez.
Realmente, el español no tiene naturaleza de turista. Ni naturaleza ni dinero. Si Suiza se hubiese hecho para los españoles, sería un negocio ruinoso.

(Julio Camba, Playas, ciudades y montañas, 2º edición, Espasa Calpe, 1956)

lunes, 30 de noviembre de 2009

Un muerto

Todas las semanas hay decenas. El pasado fin de semana fueron 52. El récord, a mediados de octubre, 62. Dos detalles: boca abierta y el dramático tinte de la camisa.

martes, 24 de noviembre de 2009

La economía es una cosa muy bonita

Que la economía es una cosa muy bonita, lo sabemos todos, especialmente los banqueros. Quienes acaban de ver que cuando las cosas les van mal, y las cuentas no cuadran porque de noche se les fue la mano, pueden pedirle dinero al gobierno o sus clientes, que somos todos, y se lo damos. Se lo damos, además, por nuestro bien, no por el suyo, claro. Ciertamente, se me ocurren pocas cosas más bonitas.

En Venezuela, cuna de una revolución que se mece a ritmo de salsa, es más bonita aún. Acabo de regresar del Banco Provincial, donde tengo mi cuenta en bolívares. Bolívares fuertes, se entiende. Resulta que están obras, y la sucursal parecen unos estudios de cine de los años cincuenta en Cinecittà. Todo está repleto de gente que va y viene y va y vuelve a venir y vuelve a ir. Cajeros, secretarias, señoras de la limpieza, los tipos de seguridad, clientes, gente que acompaña a clientes, mensajeros con cascos de moto, gerentes, bedeles, abuelos que van cobrar la pensión, estudiantes, ladrones, albañiles, aparejadores, electricistas, decoradores.

Hay varias colas, el deporte nacional venezolano: 1) para la tercera edad y embarazadas; 2) para los titulares de cuenta; y 3) para los no titulares. Todas las colas se entremezclan, serpentenando y enredándose entre sí, como cuando uno guarda en un cajón varios cables y, al cabo de un tiempo, aparecen todos formando un ovillo indescifrable, como un logaritmo neperiano o algo similar.

Pues bien, a la entrada el bedel informa a la clientela que la línea no funciona, por lo que la sucursal está "momentáneamente inoperativa". Como todos sabemos de qué va la vaina, hacemos caso omiso. Y, tras media docena de preguntas, logramos dar con nuestra cola correspondiente. La cola de no titulares JAMÁS atenderá a una embarazada, y la de la tercera edad NUNCA trabajará con un no titular. A los quince minutos, vuelve la línea. Algo que más una cuestión tecnológica es cuestión de fe. Pero aquí en Venezuela tenemos mucha más fe que tecnología, incluso fe en la tecnología. Llega mi turno. La cajera tiene unas uñas postizas enormes, con corazones púrpuras estampados, obviamente demasiado incómodas para teclear. Pero son bonitas, tan bonitas como la economía. No me pide el pasapaporte. Sabe quién soy, sentimos un cariño mutuo y silencioso, que nos expresamos del siguiente modo.

- ¿Qué quieres, corazón?-.
- 2.000 bolívares, por favor-.
- Pero sólo tengo billetes de 20 bolívares, será un fajo. ¿Oíste, mi amor?-.
- En lo que haya, mi reina-.

El Banco Provincial de Venezuela, del Grupo BBVA, otorga la mayor rentabilidad a la matriz central. Muy por encima de otros países menos revolucionarios y menos bonitos. Es lo más bonito de las revoluciones bonitas.

martes, 17 de noviembre de 2009

Los cangrejos también saltan

Algo me habían contado, pero nunca quise creerlo. Hasta que en Caracolito, una playa de Barlovento en el Caribe venezolano, lo vi con mis propios ojos. Eran las 7 de la mañana, el sol aún ascendía por el oriente. Me senté en una piedra tras el baño de desayuno. Y me puse a dormir con los ojos abiertos. Al poco, comenzaron a salir del agua, subiendo por las rocas húmedas una docena de cangrejos de diversos tamaños, en plan familia numerosa. Hasta ahí todo medianamente normal (no suelo estar en la playa a estas horas de la mañana). De súbito, al grito cangrejil de ¡alle-hop! imperceptible para mi oído humanoide el primero de la familia, un macho poderoso, saltó. ¡SÍ, SALTÓ!. De una piedra a otra. En horizontal, claro, como es la vida de los cangrejos. Un salto de unos cinco o diez centímetros. Algo que en el mundo de los cangrejos debe de ser todo un portento. El resto de la cohorte imitaron al papá, o la mamá, pero con saltos menos majestuosos: dos, tres centímetros a lo sumo. Los cangrejos también saltan, pues. Una revelación mucho más importante de lo que podría parecer en un primer momento. Algo que amplía enormente las posibilidades del mundo y, por extensión, mi capacidad de comprensión del mismo.

¡Buf!, resoplé maravillado para mis adentros, y me lancé ansioso al agua para nadar hasta la orilla y comentárselo a los amigos mientras devorábamos una empanada exquisita de cazón...

lunes, 9 de noviembre de 2009

Tras las bambalinas del Sarao

El Sarao es un jovial club nocturno caraqueño de salsa en vivo en Bello Campo. Es todo lo contrario a un patio de colegio. La gente es mayor de edad, se les cachea antes de entrar y se les obliga a consumir profusamente (alcohol, cacahuetes, tabaco) antes y después de bailar. Hablé de él al poco de llegar a Venezuela. Volví a él meses después, justo para comprobar cómo el reggaetón va sustituyendo poco a poco a la salsa a medida que los reggaetoneros van agarrando años, y una generación se impone (e impone sus gustos) a la otra. Todo el mundo "perrea" en el Sarao, y sólo de vez en cuando, bailan salsa "puliendo hebilla" (que es mi género favorito, a pesar de mi escasa habilidad). En los múltiples televisores de plasma, sólo dos canales: en uno Michael Jackson danzaba como un ángel en lo alto de la luna; en el otro carreras y saltos de motocross en un loop sin fin. Me quedé con ganas de hablar con quien selecciona las imágenes del Sarao, pero esa es otra historia.

No obstante, lo más fascinante del Sarao es el lavabo de hombres. Allá existe un pequeño puesto de venta, con sus poropias leyes. Algo así como un paraíso fiscal d venta al por menor. Lo lleva Giovani, un italiano de Caracas de toda la vida. A continuación, una lista de sus artículos:

-Chocolatinas,
- Condones,
- Galletas,
- Colonia (dos rociadas por 5 bolívares, una a cada lado del cuello),
- Chicles,
- Gomina para el pelo (3 bolívares e incluye gratis varios peines de plástico, atados a una cuerdecita para evitar hurtos),
-Caramelos dulces,
-Desodorante,
-Palillos para las orejas,
-Pastillas para el mal aliento,
-Cigarrillos al detalle (de uno en uno),
- Hilo dental,
- Viagra (20 bolívares, el producto estrella).

La curiosidad me llevó más al baño que las ganas de orinar. Cada vez que iba, me acercaba a Giovani y le preguntaba. "¿Pero se hace plata con esto?". "Uf", resoplaba, "una barbaridad. Un buen negocio, no pagas luz, no pagas alquiler, no pagas impuestos..." Yo asentía con el cubalibre en la mano, algo incrédulo, tengo que reconocerlo. "¿Cuánto puedes sacar al día, si me permites la pregunta?". "Claro, pana, no hay peo. 1.200 bolívares, pero me quedan limpios, después de descontar la mercancía, unos 500 bolívares por noche " (El sueldo mínimo en Venezuela está alrededor de los 800 bolívares). "¡Uf!", ahora quien resoplaba era yo. Giovani me contó mientras sudaba como un pollo al horno que el único incoveniente era el ambiente, a la par que me señalaba la ristra de personas aliviándose en los urinarios. "Se aprenden muchas cosas en los sitios como éste", concluyó enigmático con tono empresarial.

Busqué la hora en el reloj de pulsera que no tengo. Efectivamente, las cuatro y media de la madrugada: la hora de partida.

jueves, 5 de noviembre de 2009

¡Azúcar!

A veces, parezco Celia Cruz, exclamando ¡azúcar! No hay azúcar en mi calle, en mi barrio, en mi distrito. Cuestiones de acaparamiento, control de precios, flojera, o interés en venderla en el extranjero, llámenlo como quieran.

Fui a Colombia. Volví orgulloso con un gran paquete de café neogranadino, que era como se llamaba a Colombia en la época de la conquista o descubrimiento (depende del pie con el que se cojee) de América. Y mis compañeros de apartamento, me dijeron: "¡Huevón, lo que hace falta es azúcar! ¿no trajiste azúcar?". Nada no hay azúcar. ¿En toda Caracas? No, en todo Caracas no. Jeanette, la mujer de Barranquilla que viene a limpiar nuestros desbarajustes domésticos, apareció un día con un tarrito misterioso. Lo miré curioso, aún dormido. Jeanette lo señaló mientras yo preparaba el café matutino para los dos. Sonrió. "Ahí traje azúcar, me daba no sé qué ver que ustedes no tenían azúcar. No sé cómo pueden tomarse el café sin azúcar". Abrí los ojos como platos, como en los dibujos animados. "Como podemos, Jeanette, lo tomamos como podemos. Muchísimas gracias". Ahora quien sonreía era yo. Y me cuenta cómo en Petare, uno de los barrios más violentos de latinoamérica según dicen los periódicos donde vive, vino el otro día un señor con un coche repleto de azúcar. "Logré comprar dos kilos, uno se lo traje a ustedes", me cuenta, ambos con las tazas de café DULCE en las manos.

¿Nos tomamos otro?, le digo, ahora sonreímos los dos. A veces, como decía, me siento como Celia Cruz, pero sin peluca.

lunes, 2 de noviembre de 2009

La neblina del ayer

Hoy acabé de leer una nueva novela negra del cubano Leonardo Padura. Comencé a leerla dos semanas atrás, en Bogotá, dónde la compré con cargo a la tarjeta de crédito. Este diálogo que copio a continuación lo marqué una tarde lluviosa en un café bogotano que se llamaba "La Toma". Es una conversación entre Mario Conde, ex policía habanero, y Yoyi El Palomo, su compinche: contiene sendos análisis no muy desencaminados sobre el periodismo y el socialismo, dos cosas que, curiosamente, me quedan bastante cerca.

- Tampoco lo sé... Por acompañarte, creo. Tú eres el personaje más loco y más comemierda que conozco, pero me gusta andar contigo. ¿Sabes qué, men? Tú eres el único tipo legal con quien trato en este y todos mis negocios. Eres como un cabrón marciano. Como si fueras mentira, vaya.
- ¿Y eso es un elogio? - quiso saber el Conde.
- Más o menos... Tú sabes, uno vive en una selva. Desde que sales del cascarón estás rodeado de buitres, gente empeñada en joderte, sacarte dinero, tumbarte la jeva, en denunciarte y verte escachao para ellos ganar puntos y subir un poco. Hay una pila de gente que está por escapar, por no complicarse la existencia, y la mayoría lo que quiere es ir echando, poner agua de por medio, aunque sea pa´Madagascar. Y al carajo los demás... Sin esperar mucho de la vida.
- Eso no se parece a lo que dicen los periódicos - lo aguijoneó el Conde, para verlo saltar, pero Yoyi le resultó demasiado ágil.
- ¿Qué periódicos? Una vez compré uno, para limpiarme el culo, y me lo dejó medio sucio, te lo juro...
- ¿Alguna vez oíste hablar del hombre nuevo?
- ¿Qué cosa es eso? ¿Dónde lo venden?

(La Neblina del Ayer, Leonardo Padura, Ed. Tusquets. Barcelona. 2005)

miércoles, 28 de octubre de 2009

La ducha de Bolívar

Esta es la exquista ducha de Simón Bolívar, el Libertador de Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia, en su Quinta de Bogotá, en la ladera del monte Monserrate. Al parecer, Bolívar además de ser un tipo viajado (algo que sabíamos de sobra), era un tipo bastante sofisticado. Le gustaban las duchas. Le gustaban ya en el primer cuarto del siglo XIX. Por ello, mandó construir una en su estancia de Bogotá, a la que acompañó con unos tiernos y coquetos dibujos de jarrones con flores. Parece ser que la tuberculosis que acabó con la vida de Bolívar, se fraguó en sus "demasiado habituales" baños con aguas de Monserrate. De acuerdo al joven historiador bogotano que me acompañó en la visita (a mí y a una veintena de adolescentes bogotanos), en esa época la gente se solía bañar "cada dos o tres semanas, como mucho". La pasión bañista del Libertador pudo acelerar su desgraciado deceso.

Traigo esto a colación de las siempre estimulantes palabras del actual presidente venezolano, quien en un arranque de ingenio higiénico-matemático ha explicado:
"Hay gente que se pone a cantar en el baño media hora. Yo lo he contado, tres minutos y es más que suficiente, no quedo hediondo. Un minuto para mojarse, otro para enjabonarse y el tercero para enjuagarse. Lo demás es un desperdicio".

Me asombra la perfecta redondez de sus cifras, que gira una vez más en torno al ocioso concepto de la santísima trinidad, y su elemental concreción episódica. Me pregunto qué opinaría el aseado Simón Bolívar ante estas declaraciones. Y más cuando quien las hace, las pronuncia poco antes de anunciar que hasta el próximo mes de mayo de 2010, los habitantes de Caracas tendrán que lidiar con un racionamiento del suministro de agua de hasta dos días de duración por semana.

"Hay días que uno se levanta con ganas de darse un baño", sería una buena frase de comienzo de novela revolucionaria. La propongo, la ofrezco, la entrego sin pizca de egoísmo. Hagan con ella lo que les plazca.

lunes, 26 de octubre de 2009

Bogotado

De la semana bogotana me quedo con una cazuela de frijoles: exquisita en su contundencia andina. Volví, días después, al mismo restaurante de La Candelaria, y dije: "quiero otra cazuela de frijoles, por favor". De nuevo, el cuenco repleto de frijoles y banano y cilantro y arroz y algo de carne de res. En vez de sonreír con la boca, lo hice con el estómago, que es una una manera mucho más inteligente de sonreír. Afuera llovía.

En Bogotá llueve como sangran los heridos de bala: a borbotones. Las callejuelas inclinadas del casco histórico recuerdan los libros de historia colonial que ahora me da por leer en los aeropuertos. Bogotá está toda repleta de militares y estudiantes. Todos igual de jóvenes, dramáticamente jóvenes. Y los taxis cuentan con un taxímetro, que es la diferencia fundamental (digan lo que digan los historiadores y analistas políticos) entre ambas naciones hermanas. Mañana os hablo de la ducha de Bolívar, de Simón, me refiero, que tiene su vaina...

domingo, 18 de octubre de 2009

Con el uso las cosas se ensanchan

Mis zapatillas de fútbol. Las del año pasado y las de este año. Curioso contemplar cómo las del año pasado son más grandes que las de éste. Unas son brasileñas, las otras coreanas. Con el uso las cosas se ensanchan. O lo que es lo mismo, el paso del tiempo dilata.

(Me voy a comer una arepa y, luego, una semana a Bogotá).

lunes, 12 de octubre de 2009

¡Tin-tlín!

...Y habrá días de vino y rosas y amaneceres deslumbrantes y canciones maravillosas, pero eso no le interesó contarlo a Mateo y menos aún, a quien escribió citas bíblicas en varias de las curvas de la carretera Patanemo-Puerto Cabello, a tres horas al oeste de Caracas. Allí, por lo visto, a los chavistas le ganaron la partida los evangelistas: por todos lados, se lee el clásico "Cristo viene ya"que da más miedo que alivio, por la ansiedad que muestra. Mientras tanto, déjalo estar, parece leerse entre líneas, cuando llegue ya se encargará ÉL.

En Patanemo hacía tanto calor que incluso los mosquitos se daban por vencidos, y se les podía ver disfrutando de los ventiladores junto al resto de los mortales, sin ganas de batallar. Cuando llueve en Patanemo, todo se encharca: las carreteras a las que faltan un par de capas de asfalto para recibir tal nombre y las casas sin ningún sistema de drenaje. Al ir a pagar una ronda de cervezas en el hotel, el camarero, un negro orondo de cabeza del mismo tamaño que su barriga y una permanente sonrisa de buda recién comido, le pregunté si podía pagarle al final, cuando nos regresásemos a la habitación.

- No, papá. ¡Aquí todo es tin-tlín!- me espeta entre carcajadas.
- ¿Y cómo te hago yo tin-tlín con un billete, mipana? - le pregunto mientras trato de imitar el sonido metálico de las monedas con un billete de 50 bolívares fuertes al contactar con el mostrador.
- ¡En la mano siempre suena tin-tlín! - me responde triunfante, a la vez que extiende la suya.

A ver si a Cristo, de la que llega, le explican lo del "tin-tlín". Para que no se llame a engaños, digo.

domingo, 4 de octubre de 2009

La dificultad de dar la vuelta al mundo

No es fácil dar la vuelta sobre uno mismo. Tampoco es fácil dar la vuelta al mundo, sobre todo si eres el primero y nadie te explica por dónde se va.

Eso consiguió el portugués Magallanes en 1522, con financiación de la corona española, porque su rey, (a quien fue a ver en primer lugar, todo hay que decirlo), le escuchó como quien oye llover. Bueno, tampoco lo consiguió, porque murió a manos de unos "salvajes" en lo que hoy son las islas Filipinas. Magallanes salió en septiembre de 1519 rumbo a las islas Canarias, y desde allá bordeó la costa occidental de África, cruzó el Atlántico, tocó Brasil, buscó el paso hacia el otro océano en Argentina, y siguió bajando, bajando hasta que alcanzó el estrecho que lleva su nombre y donde perdieron la vida y razón la mayoría de sus hombres. (Tampoco él andaba muy bien de la cabeza, pero, ¿qué aventurero sobresale por sentido común y cordura?). Subió luego por el Pacífico de isla en isla, de archipiélago y archipiélago, de paraíso en paraíso. O eso creían.

Quedaron pocos: Juan Sebastián Elcano, español que traicionó a Magallanes y que al final se llevó las mieles del triunfo, como todos los buenos traidores, al alcanzar el Guadalquivir de vuelta en septiembre de 1522; y el cronista italiano Pigafetta, quien formaba parte de la expedición y que contó la historia que sirvió posteriormente a Stefan Zweig para escribir la fascinante biografía "Magallanes". Todo es bueno en el libro, pero destaca el momento en el que Pigafetta, a punto de tocar Europa tiene que desembarcar de incógnito en Cabo Verde, para conseguir las provisiones necesarias para que la tripulación no muera de hambre. Y esto es lo que ocurre, tres años después de la partida:

Corto y arriesgado había sido el alto hecho en Cabo Verde, pero a él debía Pigaffetta, el apto cronista, en los últimos momentos de su estancia, uno de los prodigios por amor a los cuales emprendió la expedición: era el primero en observar allí uno de los fenómenos que por su novedad y signficación le absorbería durante nucho tiempo. Los hombres que habían ido a la playa para comprar víveres regresaban, asombrados con la noticia de que en Cabo Verde era jueves, mientras a bordo les aseguraban que era miércoles.

Tampoco Pigafetta salía de su asombro, porque precisamente durante aquel viaje de casi tres años había llevado su dietario con exactitud. Sin interrupción había ido contando: lunes, martes, miércoles, etcétera., semana tras semana, año tras año. ¿Habría pasado por alto un día? Preguntó a Francisco Albo, el piloto, que registraba también todos los días la fecha en su libro de a bordo, y ¡tenía asimismo aquel día registrado como miércoles! En su vuelta al mundo, siempre con rumbo al oeste, se les habría escapado un día, por razones inexplicables, a los navegantes, y cuando Pigafetta comunicó el singular fenómeno, el mundo ilustrado se admiró. Se habría descifrado un secreto que ni los sabios de Grecia, ni Ptolomeo, ni Aristóteles, pudieron concebir, y que el impulso de Magallanes estaba destinado a revelar: que la esfera del mundo no permanece fija en medio del universo, sino que se mueve con ritmo singular sobre su propio eje, y que quien la sigue en su giro navegando hacia occidente puede arrebatar tiempo a la eternidad.

martes, 29 de septiembre de 2009

Cuatro perspectivas de un mismo acontecimiento

a) Evo juega a fútbol poco antes la cumbre América del Sur-África en Isla Margarita, en el Caribe venezolano. Cristina se maquilla. Lula se toma una capirinha. Fernando Lugo, a quien sin ironía llaman el padre de todos los paraguayos, asiente al discurso del rey de Swazilandia. Gadafi se toma un té en su jaima, a orillas de la piscina del hotel Hilton. El calor abrasa el asfalto, los soldados venezolanos apostado por todos lados buscan sombras inexistentes. El cuerpo de uno se contrae y dilata en función del sol o el aire acondicionado, ambos igual de inclementes. La física jugando con la anatomía.

b) En un momento de la plenaria, uno de los 66 jefes de estado de Suramérica y África, alza el brazo, como los alumnos que piden turno para hacer una pregunta al profesor. Creo que es el de Santo Tomé y Príncipe, archipiélago frente a la costa occidental africana. El presidente venezolano, anfitrión y líder, concede la palabra. "Su excelentísimo presidente", comienza el traductor cubano, "¿ sería posible bajar un poco el aire acondicionado? Muchas gracias". El deseo es satisfecho un rato después, algo que comunica con voz grave y orgullosa el mandatario venezolano.

c) En la sala de prensa, todos parecen teclear. Aparentemente, sin embargo. Porque si uno mira subrepticiamente por encima de los hombros verá esto, entre otras cosas: un periodista inglés consulta el resultado del Liverpool; un poco más allá, un gallego celebra a hurtadillas los goles del Deportivo de la Coruña; más acá, escondido al final de la hilera de portátiles, un asturiano confirmaba la derrota en Pamplona del glorioso Sporting de Gijón; en el otro lado, un periodista del Libia Times, trata de superar su récord en el videojuego Grand Theft Auto; al lado, una hermosa argentina, consulta su facebook; un peruano sale disparado hacia la tarima, agarra el micrófono, y relata que le han robado una camarita fotográfica; en una esquina, un camarógrafo italiano que trabaja para un agencia yanqui, trata de estrangular mediante un nudo uno de los tubos que suministran el aire gélido. Y así sucesivamente.

d) En uno de los viajes arriba y abajo de la isla, un taxista margariteño me cuenta la historia de un primo suyo, fanático de las peleas de gallos (deporte preferencial en Margarita: para los gallos, se entiende), que se fue a España a buscar un gallo a Madrid. Era el gallo más bravo, el gran aniquilador. Pagó el pasaje y compró el gallo (500 euros). Al llegar al hotel para dormir antes de regresar a Margarita (apenas un viaje de cuatro días sólo por y para el gallo), los empleados le dijeron que no se podían meter gallos en las habitaciones. El margariteño canceló la reserva, se fue a una plaza de Madrid, y durmió en un banco abrazado al gallo. Al día siguiente, regresó a la que llaman la Perla del Caribe. Diez días después, el gallo murió. De nostalgia, de calor, de jet lag, del susto o de amor, no lo sé. Y bien que pregunté, pero lo cierto es que murió.

Escojan la perspectiva que más le plazca.

lunes, 21 de septiembre de 2009

Los deudos al cine

De nuevo, la literatura está en la prensa. Diario el Universal, la derecha empresarial de Venezuela. Su sección de sucesos, como siempre, impagable. Atención especial merecen los párrafos tercero y último.

Deudos podrán ver películas en la morgue de Bello Monte
Caracas, Miércoles 16 septiembre de 2009
Las autoridades de la Coordinación Nacional de Ciencias Forenses de la policía científica instalaron un servicio de televisión y cine en el lobbyde la morgue de Bello Monte para que los deudos puedan ver películas mientras aguardan a que los patólogos concluyan con las necropsias de las víctimas de la violencia capitalina.

Un televisor pantalla plana con su respectivo DVD y nuevas sillas fueron colocadas en la entrada de la medicatura forense. Allí los parientes podrán aguardar cuando los servicios colapsen y el único patólogo proceda a realziar las autopsias.
Ayer en horario matutino exhibieron la película "Cleopatra", con Elizabeth Taylor y Richard Burton. Los desventurados cinéfilos no podían concentrarse debido a los hedores que emanaban de la sala de autopsias y las lágrimas de sus particulares tragedias. Juan Sanabria, tío de un joven asesinado en Petare, dijo que las autoridades deberían preocuparse en dotar a las policías y reparar la destartalada estructura de la morgue de Bello Monte.
Me parece una insolencia. Aquí vienen uno a buscar justicia y le ofrecen pan y circo", dijo el señor Sanabria.
Durante los fines de semana, la morgue de Bello Monte suele colapsar debido a la gran cantidad de asesinatos que se registran en Caracas. En ocasiones, sólo está de guardia un médico patólogo.
Los deudos deben esperar hasta 24 horas para recibir los restos de sus parientes.
Aunque la cartelera vespertina no fue anunciada, algunos parientes de los agraviados dijeron que tal vez los funcionarios colocarían el film "Cita con la muerte", para retratar su cotidiano drama.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

La panza revolucionaria de Sancho


"Para cuatro días que vivimos, mucho es lo que hacemos", dice Sancho Panza en Don Quijote.

En Naiguatá hoy, bajo un calor infernal, el presidente Chávez, que todo hay que decirlo llevaba una hermosísima camisa color rojo sangre, utilizó esta cita como ejemplo de indolencia. Negué con la cabeza. A mí, que Sancho Panza, siempre me ha parecido un faro ante las incertidumbres y azarosas oscilaciones de la vida. Reivindico desde aquí la sagrada panza y las orondas reflexiones del filósofo Sancho, más revolucionario de lo que pudiera parecer en un principio. Con todos los respetos hacia el comandante.

lunes, 14 de septiembre de 2009

Otra movida

Hacía tiempo que no veía bailar a las lámparas al compás de la naturaleza, unos meses para ser exactos. Me preguntan si el movimiento fue vertical u horizontal. Digo que ambos. Buscamos las llaves (tardamos un rato, siempre olvido dónde las dejo) y cuando salíamos para cumplir con lo estipulado, el temblor paró. Bufamos, y regresamos a casa. La pereza que da un piso 7. Fueron 30 segundos a 6.2 escala Richter. Como dije en otra ocasión, una vez más un gran respeto por Charles Frances Richter, que se dedicó a medir este tipo de eventos. Catorce heridos leves, fue el saldo, según las autoridades. Uno de ellos al tirarse por la ventana de un segundo piso en un ataque de pánico. Sólo se rompió un brazo, narra la prensa.

En Caracas, poco antes del movimiento telúrico, empezó a llover y comenzaron un vientos huracanados. "El apocalipsis", decía luego una señora mayor, que bajó a la calle con un cojín. ¿Y el cojín?, pregunto fascinado. "Según el manual, uno debe situarse bajo el marco de una puerta con un cojín en la cabeza", me dice llena de seriedad.

Me quedo hipnotizado con la imagen: hermosa y poética manera de recibir el fin del mundo.

lunes, 7 de septiembre de 2009

Maneras de buscar cosas

Hay muchas maneras de buscar algo olvidado en la camioneta, una de ellas es ésta. Personalmente, es de las que más me interesan por su mezcla de arrojo y audacia. Bastante común en Venezuela.

martes, 1 de septiembre de 2009

Cayo Borracho

El faro de Cayo Borracho. (Lo llaman Cayo Borracho por las agitadas aguas que lo rodean y que provocan mareos cercanos a la embriaguez). Me gustan los faros. Subí al faro con mi colega Marlon. Abajo se quedaron Ana&Jorge, pensando en Madrid. Marlon, para mí, es Marlon Brando. También para su madre, fanática desde los Andes del gran actor estadounidense. Aunque según su cédula, es Marlon José. Taxista y amigo a partes iguales. Arriba del faro, tras trepar como gatos orondos, una batería como la de mi carro enchufada al foco. Contemplamos la isla desde arriba: traté de entender a los naúfragos, pero es difícil si tienes a mano una neverita (cava) con cervecita y agua. Nos reímos de los naúfragos.

A Cayo Borracho está prohibido ir, así nos lo dijeron todos los lancheros. También nos dijeron que nos llevaban, con la condición de que una vez allí, si llegaba la Guardia Nacional, nos hiciéramos los locos o los suecos o los húngaros o los colombianos. No hizo falta, no llegó nadie. Nos bañamos, le dimos una vuelta a la isla. Dormimos. Estudiamos el comportamiento de los cangrejos ermitaños ante una rebanada de pan de molde. Un comportamiento de lo más curioso: mezcla de voracidad y estómago exiguo. Se pegaban por un trocito, y una vez comido, se iban. Como la observación invitaba a la divagación, nos fuimos a reflexionar a la punta norte del cayo, con la cabeza alborotada por la brisa caribeña. Se supone que llegan tortugas a desovar a Cayo Borracho. Ese día, sin embargo, no.

Cuando nos íbamos, un brutal sol rojo ardía en el oeste. A la vez, el faro de Cayo Borracho comenzaba a lanzar sus destellos de luz blanca.

En Chichiriviche, justo al llegar, se fue la luz eléctrica.

martes, 25 de agosto de 2009

Ocho litros de agua mineral

"¡¡Maricaaaaaaaaaaa, ganaste!!!"Las misses venezolanas se intercambian la corona de la belleza. Dayana Mendoza, la saliente; Stefanía Fernández, la entrante. Hecho histórico: por vez primera, una venezolana se la entrega a otra venezolana. En mi casa, el domingo por la noche, escuché petardos y caceroladas (las mismas que se escuchan cuando se critica o censura alguna política del presidente venezolano), otra vez marchas o protestas, pensé. No, no, no: la sexta beldad venezolana se hace con el título Miss Universo. (Ojo, Universo, no Mundo, que en el Universo hay varios mundos, o eso quiero creer yo). Irene Sáez, la ganadora de 1981, acabó enfrentándose a Hugo Chávez en las elecciones de 1998. Duelo de titanes. Un paracaidista y una miss. Ganó él, ella se fue de gobernadora a Isla Margarita. No escribiré eso de "bonita metáfora del país". Llevo demasiado tiempo acá para hacerlo. Sólo constato un hecho. Las metáforas del país están en otros lugares, más profundos, más oscuros, menos obvios.

Dos minutos después del triunfo, ya arreciaban los comentarios acerca del vestido de Stefanía Fernández. Era rojo. ¡ROJO!. Algo imperdonable, decían los exégetas de laca y corbata opositora. ¿Cómo pudo ir de rojo? ¿Quién la dejó salir así, tal y como está el país?.

Osmel Sousa, el cerebro y la cartera tras todo lo que tenga que ver con la palabra Miss en Venezuela, dijo que buscaban un aire a Rita Hayworth en los 50 y que lo que más "horror" le causó fue la lucha contra el agua "tratada" de Bahamas, donde se celebró la gala, la noche antes. Al parecer, el agua de la isla caribeña impedía que se formasen las ondas deseadas y "naturales" en el cabello de Fernández. Al final, tras utilizar ocho litros de agua mineral y no-sé-cuantos rulos, lo lograron.

A mí me gustaba más la representante dominicana.

jueves, 20 de agosto de 2009

De brownies y amerizajes en Los Roques

En Los Roques se pueden hacer muchas cosas. Confesables e inconfesables. Comer barracudas, jureles, tortugas; bucear con mantas rayas y con tiburones gato; saltarte todas las normas básicas de aviación civil y, sin embargo, aterrizar; disparar a los pelícanos con la mirada; entrar descalzo en la iglesia de Gran Roque tomando una coca-cola en bañador acompañado por tres muchachas en bikini; mirar a las estrellas hasta que te entre un mareo de esos que dicen que dan con las hierbas caribeñas; pagar en euros, en bolívares, en dólares, en oro, en lo que quieras, pero pagar, pagar. Y muchas más cosas.

Lo que jamás había pensado que se podía hacer es pedir de comer cuatro brownies empapados en chocolate oscuro como la boca de un chigüire, y acompañarlos de cuatro cubalibres a las cuatro de la tarde en uno de los cayos de Francisquí, cuando hasta las langostas están sudando bajo el agua. Pues se puede hacer. Lo juro. A mí estómago le pareció una hazaña asombrosa. También el mesonero que nos atendió. A las chicas, no. En fin, siempre hay una primera vez.

Al regresar a Caracas, a primera hora del lunes, todavía con la cabeza entre los corales de Boca de Cote, echo un ojo a la prensa de soslayo, y leo. Se me abren los ojos, las pupilas miopes se me dilatan. "Cae un avioneta procedente de Los Roques". El domingo se precipitó al mar y el piloto se vio obligado a amerizar. Once pasajeros, ni un muerto pero todos bien heridos. Sobre todo, edemas pulmonares del agua tragada. Ya tienes que tragar agua salada para que te provoque un edema pulmonar, pensé. La avioneta se quedó sin gasolina a cinco millas del aeropuerto de Maiquetía, la torre de control hizo dar un paseo de espera al piloto y, entre tanto, se acabó el combustible. Mira que tienes que andar justo de combustible para un trayecto de 35 minutos en un país en el que el litro de gasolina cuesta 0,05 dólares. Pues también se puede, como con los brownies.

Resultado: al agua. Hoy salía en la prensa que habían robado las pertenencias que la Guardia Costera había recuperado. Lo denunciaban los parientes de los heridos, claro, porque los heridos estarían en su camas mirando para el techo bien agarrados a la cama para que no se mueva. (Perdón, "habían robado" es incorrecto. Han desaparecido y nadie sabe donde están. Que puede parecer lo mismo, pero no lo es).

A las chicas no les dije nada. Se lo digo ahora, si leen esto desde sus plácidas moradas hispanas.

miércoles, 12 de agosto de 2009

Perrocalenteros en rebeldía

Los periódicos venezolanos son la mejor literatura del momento. En Últimas Noticias, mi periódico favorito. Lo leo con el café y la mente aún enredada en sueños y pesadillas que se entrelazan. Un caso ejemplar de contradicciones internas en la revolución. Es difícil considerar a un perrocalentero de oligarca. Hay cientos por toda Caracas. Su comida, a mi juicio, es exquisita.

"El perro caliente es tan venezolano como la arepa"
Caracas, 11 ago.- "Sergio Sánchez, director de Economía Informal de la Alcaldía Libertador (centro de Caracas), informó que desde el pasado mes de febrero no estaban entregando permisos para quienes quisieran montar carros de perros calientes y que a los ya existentes tratarían de convencerlos de que cambien el tipo de alimentos que venden.
Los perrocalenteros consultados por este diario no ven con bueno ojos la posibilidad de tener que cambiar las hamburguesas y los "asquerositos" (perros calientes callejeros), por comidas venezolanas como cachapas o arepas.
Ruth Cortez, secretaria general del Sindicato de Perrocalenteros del Municipio Libertador, aseguró que los trabajadores que conforman esta organización realizarán hoy una asamblea para determinar las acciones a tomar respecto a ese propuesta del ente municipal que lidera el oficialista Jorge Rodríguez.
"Hablan de transculturización y a cada rato se levanta un nuevo McDonald´s en la ciudad pero a ellos sí les dan permisos. Nuestras salsas son venezolanas, el tomate que le echamos a los perros es venezolano, las salchichas son venezolanas. No tenemos nada de pitiyanqui y no queremos vender otro tipo de comida", dijo.
Cortez comentó que para hacer arepas en la calle se necesita agua potable o filtrada de la que no disponen y que "amasar harina en plena avenida es insalubre igual; es algo como loco".
Para Jean Carlos Moreno, quien lleva un año trabajando en la famosa Calle del Hambre, en Plaza de Venezuela, considera que ellos ya son toda una tradición venezolana.
"Estos carros tienen acá más de 40 años. Ya los perros calientes son tan venezolanos como las arepas. Que cambien lo que venden en los restaurantes de comida rápida, no a nosotros".
Moreno también comentó que la "gente ya se acostumbró a comerse su perrito al mediodía".

domingo, 2 de agosto de 2009

Tiuna el Fuerte

Cuando llegamos el mercado se había acabado. Habían comenzado, sin embargo, los conciertos. Tiuna el Fuerte es un "núcleo endógeno cultural", un espacio al lado de una autopista del oeste caraqueño, en el popular barrio de El Valle. Para combatir el calor y el estruendo vendían agua y güarapita (licor casero) de tamarindo, piña y parchita. Por cinco bolivares fuertes (2 euros al oficial, o,50 al paralelo), un vasito de plástico. En el escenario, una divertida estructura hecha a base de contenedores de barco reciclados, a modo de un tetris moderno que busca crear espacios en vez de rellenarlos. Primero un grupo liderado por un saxofonista de barba canosa que llevaba en volandas a sus jóvenes compañeros y que hacían un brillante jazz desquiciado, tropenzado y levantándose con igual elegancia; después, una banda de ska mestizo perfectamente engranada, tan engranada que ni siquiera les mirábamos, sólo escuchábamos mientras mirábamos las luces fugaces de los carros. En Tiuna el Fuerte la revolución no se discute, se practica.
Al poco llega una amiga de un amigo. Algo acelerada nos cuenta que en las apenas dos cuadras del metro a Tiuna el Fuerte acaba de ser testigo de cómo un par de guardias nacionales abatían a disparos a dos choros (ladrones). Allá estaban, decía, los cadávares aún calientes en el suelo. No me pareció extraño, y eso me extrañó. También a ella. Y me lo volvió a contar. Esta vez sí me mostré sorprendido, casi por obligación, por cortesía. Quizá por mi sorpresa desganada, me añadió que ella no quería morir con una de esas balas perdidas, que pululan sin saber de dónde vienen y dónde van por Caracas, segando vidas con una arbitrariedad aterradora.

- Si fuera una bala que llevara mi nombre. Defendiendo, por ejemplo, Venezuela y la revolución de una invasión de marines, de gringos. Entonces, sí, perfecto. Morir así con dignidad. Chévere. Si la bala lleva mi nombre, y es en defensa del "proceso", adelante-, explicó.
Miré hacia la noche, miré hacia el suelo, miré el vaso y miré el agujero del saxo tenor de uno de los músicos. A mí la idea de morir, ni digna ni indignamente, ni con una bala con mi nombre o sin él, me da dolor de barriga, un poco de hambre y un incómodo escozor en la nuca. Le explico que no había entendido la segunda parte del argumento. Lo-de-los-marines-y-los gringos-y-la -revolución-y-la muerte-digna. Ella parpadea, repite el argumento con idéntica lógica y remarcando las sílabas "ma-ri-ne". Miré alrededor buscando una arepera, pero no había ninguna a la vista. Tenía hambre.

Esta claro, vuelvo a Venezuela, vuelvo a la revolución, al "proceso". Y de nuevo con la perplejidad colgando de la mochila de viaje. "¡Uf!Menos mal", me dije aliviado, "pensé que la había perdido".

viernes, 19 de junio de 2009

El cantante



(Me voy de vacaciones un mes a España. Les dejo un regalo)

Héctor Lavoe se tiró dos veces por la ventana de un edificio. La primera a causa de un incendio. La segunda tratando de suicidarse. No murió en ninguna de esas ocasiones. Falleció, no obstante, en junio de 1993 en un hospital de Nueva York. Es el más grande cantante de la salsa de todos los tiempos. Sus restos finalmente fueron trasladados a Ponce, Puerto Rico, dónde había nacido. La isla entera se reunió para despedirle. ¡Héctor! Todavía la gente se arrodilla ante sus discos. Y con razón.

Esta canción la compuso el panameño Rubén Blades, ahora ministro de Turismo del istmo, para Héctor Lavoe. Pero sólo la canta como se debe Héctor. Y lo dice todo bien clarito. Escuchen y lean:

Yo, soy el cantante
que hoy han venido a escuchar
lo mejor del repertorio
a ustedes voy a brindar.

Y canto a la vida
de risas y penas
de momentos malos
y de cosas buenas.

Vinieron a divertirse
y pagaron en la puerta
no hay tiempo para tristeza
vamos cantante comienza.

Me paran siempre en la calle
mucha gente que comenta
¡Oye Hector ah! tu estas hecho
simpre con hembras y en fiestas.

Y nadie pregunta
si sufro si lloro
si tengo una pena
que hiere muy hondo.

Yo soy el Cantante
porque lo mío es cantar
y el público paga
para poderme escuchar.

Yo, soy el cantante
muy popular donde quiera;
pero cuando el show se acaba
soy otro humano cualquiera.

Y sigo mi vida
con risas y penas
con ratos amargos
y con cosas buenas.

Yo soy el cantante
y mi negocio es cantar
y a los que me siguen
mi canción voy a brindar.

Coro:
Hoy te dedico mis mejores pregones...

lunes, 15 de junio de 2009

El peculiar tiempo de Cepe

Esta es la calle principal de Cepe, vista desde el eje sur-norte. Está a dos kilómetros y medio de la playa. A Cepe sólo se puede llegar en peñero (barca) desde Choroní (tres horas al oeste de Caracas); en el pueblo se dedican al cacao, a la pesca y al turismo. No obstante, tampoco le dedican mucho esfuerzo a ninguna de estas tres ocupaciones. Lo que les gusta de verdad es jugar a las bolas criollas, una especie de petanca cuya diferencia principal con su vertiente europea es que sólo se permite lanzar si en la otra mano el jugador sostiene una lata de cerveza. Hay calor y mosquitos, como parte básica de las atracciones turísticas. Y pescado frito y tostones (plátanos fritos). No hay, sin embargo, cobertura teléfonica. Lógicamente, su medida del tiempo es algo más arbitraria que la mía. Y eso que yo no llevo reloj. Ejemplo de conversación, entre el que tipo que me va a alquilar el equipo de buceo y la bombona, y un servidor:

- ¿A cuánto está el pueblo, chamo?-. (yo)
- A media hora a pie-. (él)
- Chévere, ¿y a qué hora tenemos que estar aquí para recoger el equipo y los tanques?-. (yo)
- A las diez y media-. (él)
- ¿Y qué hora es ahora? -. (yo)
- ¿Ahora?- mira el reloj- las nueve y veinticinco-. (él)
- Dale, pues. O sea que si voy al pueblo y vuelvo, me da tiempo a estar de regreso para recoger los tanques a las diez y media-. (yo)
- Eh- dedica unos segundos al cálculo- No. No le da tiempo-. (él, totalmente convencido).
- ¿Cómo que no? Si me dice que se tarda media hora a pie hasta el pueblo. Y son las nueve y veinticinco. En una hora, a las diez y media, podría estar aquí de regreso-. (yo, en plan matemático).
- ¡Ah, cierto! Eso es correcto-. (él, totalmente sorprendido).
- Ok. Quedamos a las diez y media aquí, pues -. (yo)
- Seguro-. (él)

A un cuarto de hora para las once, en el puesto de buceo, no hay nadie. Obvio. No hay pedo, como se dice. (Lamentablemente, antes de bucear no se puede beber cerveza; después, sí. Cosas relacionadas con el nitrógeno y las atmósferas de presión bajo el agua). Miramos, pues, a la gente tomar cervezas. Llega a las once y veinte. De pinga. Agarramos los equipos, vamos al peñero: nos dice dónde vamos a hacer la inmersión con el dedo índice. Roberto, experto buzo del norte de Madrid que siempre me desatasca cuando me enredo, se percata de que su equipo no tiene profundímetro. No hay pedo. Miramos mi equipo. Sí tiene, aunque está ligeramente inundado de agua. No hay problema. Nos zambullimos. Hay medusas, un gran mero, pargos, doradas, peces trompetas y unos de lunares negros que me recuerdan los trajes de sevillanas de la feria de abril en Andalucía. A los quince minutos de inmersión, Roberto me consulta la profundidad. Roberto es más disciplinado y más experimentado que yo. Le explico, por señas, que se olvide. Lleva marcando diez pies desde que comenzamos la inmersión. Hago el gesto universal de aparato roto y suelto una interjeción grosera que se convierte en divertidas burbujas de oxígeno. Nos reímos tras la máscaras. Miramos hacia la superficie. A ojo, quince metros. Cuando regresamos al peñero le explico al chamo que el profundímetro lleva indicando diez pies durante toda la inmersión. Incluso ahora, sentados en el peñero, marca diez pies.

Lo mira incrédulo. Se ríe. Nos reímos.

De los tres, sólo él tiene reloj.

martes, 9 de junio de 2009

Risas de oposición

En vez de un casero, como es habitual, tenemos dos. Dos hermanos, de familia italiana. No se puede decir que sean "afectos al oficialismo", como suelen narrar los cables de las agencias de noticias. Uno es más alto que el otro. Uno trabaja en una empresa que sirve a la petrolera estatal Pdvsa; el otro tiene una fotocopiadora/papelería debajo de casa. Cuando tienen ganas de hablar, se suelen pasar por casa. Así, con el desparpajo de una amistad que no es tal: de hecho, muchas veces esa amistad no es más que el disfraz de venimos-por-el-cheque-mensual. No obstante, no hay problema. Nosotros pagamos cuando queremos, y ese retraso es casi otro gesto de esa amistad tan desinteresada. Nos llevamos bien, pues.

El otro día hicieron una de esas visitas súbitas. La excusa: venimos a ver cómo están las obras de la casa. La casa ya no está en obras, sólo quedan escombros a modo de instalación digna de cualquier feria de arte contemporáneo. Subieron. Coincidió que yo llevaba puesta una franela roja-rojita de esas de la "revolución alegre". Es bonita y cómoda. Las regalan a espuertas en los mítines oficialistas. Tiene una gran V blanca de "venceremos" sobre un fondo rojo sangre. Primero mostraron sorpresa, después risa nerviosa.

"¿No bajarás a la calle con esa franela? Jajajajajajaja. Los vecinos se volverían locos, arrechos. Este no es un barrio rojo-rojito. Jajajajajajaja. ¿No tendrás una para regalarme, y caerle a bromas a los huevones esos de la revolución? Jajajajajajaja", y así sucesivamente hasta que, finalmente, tras departir sobre los divino y lo terreno, concluyeron con el ya clásico: "Yo me quiero ir de esta mierda de país".

Yo les bajé a acompañar en el ascensor para abrirles la puerta de la entrada. Durante todo el viaje en ascensor, los siete pisos, no pararon de reírse como niños pequeños ante un chiste irresistible. El chiste era yo, claro, con la franela roja. "Es para cagarse de risa", decían, quitándose las gafas repletas de lágrimas que salían a borbotones como si sus lacrimales fuesen aspersores. Volví a subir mirándome al espejo con cara de perplejidad.

Me hacen falta unas vacaciones, pensé.

viernes, 5 de junio de 2009

Viaje de novios

Así se viaja desde el oriente colombiano, Cúcuta, famoso por sus exquistas falsificaciones y agilidad en el manejo de las divisas (peso, bolívar, dólar, euro), hasta la Gran Sabana, en el sureste venezolano, casi en Brasil, de donde es la foto. En una inmensa churrasquería brasilera donde se han detenido a devorar carne de todos los tipos, estilos y cortes, en Pacaraima. Me compré unas zapatillas marca Skull, azules oscuras.

Un bonito viaje de novios a lomos de un amor bien gordo.

martes, 2 de junio de 2009

Tecnología de los milagros


"A efectos prácticos, la situación del cajero del supermercado ejemplifica la norma humana de finales de siglo XX: la realización de milagros con una tecnología científica de vanguardia que no necesitamos comprender o modificar, aunque sepamos o creamos saber cómo funciona. Alguien los hará o lo ha hecho ya por nosotros. Porque, aun cuando nos creamos unos expertos en un campo u otro, es decir, la clase de persona que podría hacer funcionar un aparato concreto estropeado , que podría diseñarlo o construirlo, enfrentados a la mayor parte de los otros productos científicos y tecnológicos somos unos neófitos ignorantes. Y aunque no lo seamos, nuestro compresión de lo que hace que una cosa funcione, y de los principios en los que se sustenta, son conocimientos de escasa utilidad, como lo son los procesos técnicos de fabricación de las barajas de para el jugador ( honrado) de póker. Los aparatos de fax han sido diseñados para que los utilicen personas que no tienen la más remota idea de por qué una máquina reproduce en Londres un texto emitido en Los Ángeles. Y no funcionan mejor cuando los manejan profesores de electrónica".


(Historia del siglo XX 1914-1991, de Eric Hobsbawn. Capítulo 18. Brujos y aprendices: las ciencias naturales, p. 522. Ed. Crítica, Barcelona, 1995).

sábado, 30 de mayo de 2009

Verduras y tetas

En los Llanos venezolanos sólo se come carne en vara, sin embargo, la publicidad en la carretera de San Juan de los Morros se decanta por el verde vegetal, en un asombroso caso (uno más) de disociación mental. Una amiga, al tercer día de la dieta de carne asada, suplicaba a los mesoneros por un tomate o una lechuga. Sin fortuna, desgraciadamente. Ficción y realidad en un mismo plato grasiento. No hay que olvidar el detalle de las tetas en la publicidad. Siempre tetas, siempre. Aunque sea para vender acelgas.

lunes, 25 de mayo de 2009

El peinado socialista


Resulta que una entidad financiera de renombre internacional revende su filial bancaria al gobierno de un país que se autoproclama socialista, como si el socialismo fuese un peinado o una tribu juvenil. Lo revende, porque lo compró en subasta a un gobierno anterior, por más de 800 millones de dólares más que la compra que realizó una década atrás. Ambas partes declaran que las negociaciones fueron "cordiales" y se muestran "satisfechos" con la conclusión.

El Gobierno se queda con el tercer banco del país. El banco consigue no sólo que le paguen en efectivo (tres cuotas: julio, octubre y diciembre), y no en bonos como había amenazado el presidente del país en una de sus alocuciones televisivas; si no que, además, obtiene el visto bueno de ese mismo gobierno para repatriar beneficios en divisas con cargo al sistema de control cambiario existente en el país de peinado socialista (algo por lo que cada año pelean todas las empresas extranjeras presentes en el país, no siempre con suerte). Es decir, sacar los dividendos del 2008 al tipo de cambio oficial (se consiguen así euros casi tres veces más baratos que en el mercado paralelo).

A algunos peluqueros socialistas, al escuchar la jugada, se les erizarán los pelos del cogote. También deberían saber aquellos que peinan el liberalismo de mercado, que el banco en cuestión obtuvo el año pasado en el país de peinado socialista un 77 por ciento más de beneficios que en el año anterior. Su gran competidor, otro banco de capital español de peinado parecido, consiguió unos porcentajes similares. Ninguno de los bancos antes mencionados han obtenido un crecimiento semejante en ninguno de los otros países del continente americano en el que también están presentes (de hecho, en alguno de ellos se han estacando debido a la crisis internacional).

O sea que el país de peinado socialista parece un lucrativo negocio para las malvadas entidades financieras de peinado liberal. O lo que es lo mismo: cuando sea mayor, y peine canas liberales quiero tener como socio de negocios un gobierno con un peinado así de socialista. Ya saben, cuestión de peinados. Yo, como todavía tengo flequillo, lo utilizo como cortina (de pelo) y esbozo una tímida sonrisa en la que, si pudieran verla, la incredulidad se confundiría con el sarcasmo.

jueves, 21 de mayo de 2009

¡Adiós, Hemingway!

En los tiempos de las cabinas telefónicas, incluso en los de teléfonos celulares, todavía hay gente que mete papeles garabateados en botellas para luego lanzarlas al mar Caribe.

Estos son dos párrafos de una novela policíaca cubana que, a ratos, me ha enfadado hasta la mueca y, en otros, me ha deslumbrado hasta tener que cerrar los ojos. Los dos últimos párrafos, en concreto: con ellos acaba la novela. El escritor es Leonardo Padura. Tiene barba y 54 años. La novela se llama "Adiós, Hemingway". Yo he leído en la edición publicada por la editorial Norma, en Bogotá, con las tapas blandas de color naranja fosforescente y una foto en blanco y negro.

"Bufando el vapor del trago, sin soltar la botella mensajera, el Conde se esforzó por incorporarse y al fin logró ponerse de pie sobre el muro. Miró hacia el mar, infinito, empeñado en abrir distancias entre los hombres y sus mejores recuerdos y observó el agresivo lecho de rocas, contra el cual podían estrellarse todas las ilusiones y dolores de un hombre. Bebió otro trago, a la memoria del olvido, y gritó con todas las fuerzas de sus pulmones:

- ¡Adiós, Hemingway!-

Entonces tomó impulso con el brazo hacia atrás y lanzó la botella al agua. El recipiente epistolar, preñado con las nostalgias de aquellos náufragos en tierra firme, quedó flotando cerca de la costa, brillando con un diamante invaluable, hasta que una ola lo envolvió y lo alejó hacia esa zona oscura donde sólo es posible ver algo con los ojos de la memoria y el deseo".

lunes, 18 de mayo de 2009

Época de lluvias

Comienza la temporada de lluvias. Buen momento para los que venden paraguas. El gobierno venezolano ha tomado prestado de los vietnamitas un proceso de cultivo de arroz en el que las grandes cantidades de agua necesarias se rellenarán de peces asiáticos que aportarán nutrientes a las plantaciones de arroz mientras cumplen con su existencia acuática en los Llanos de Venezuela. Estuve en la presentación del proyecto. Sonaba interesante. No me quedó claro, sin embargo, si luego estos peces se convierten en pescado y llegan al plato: a nuestro plato. Se lo pregunté a un funcionario. "Todavía no sabemos, pana".

viernes, 15 de mayo de 2009

Peluquería K´bellos

La peluquería K´bellos unisex, en Calabozo. Cuando me quiero arreglar las patillas, esta es mi peluquería. Una pena que esté a 280 kilómetros. "K bellos tus k-bellos", decía la publicidad por mensaje de texto. Hay una técnica o ciencia o secta publicitaria que se denomina "naming". La cosa consiste básicamente en pagar a alguien para que se estruje las neuronas en busca del nombre más apropiado para un negocio o una marca comercial. En Calabozo, al sur del estado Guárico, "K´bellos" es un ejemplo fascinante de vanguardismo. El lúdico juego de palabras y la acentuada economía expresiva convierten a esta peluquería unisex en ejemplo nítido de por donde debe discurrir el futuro del "naming".

lunes, 11 de mayo de 2009

La verga al teléfono


El teléfono de la verga. El VERGATARIO. El celular que el presidente Chávez ha anunciado a los cuatro vientos como la versión socialista de la tecnología moderna. Teconología china y ensamblaje venezolano en la península de Paraguaná, en la costa occidental, una de las Zonas Económicas Especiales (algo así como libres de impuestos). Cuesta 30 Bolívares fuertes (10 euros al oficial, 3 al paralelo). Sin embargo, nadie lo ha comprado aún. Se formaron largas colas en las tiendas de Movilnet, la compañía estatal de celulares. Tremendas colas. Mientras en la tv, en su programa semanal, el presidente se dedicaba a llamar por teléfono, con un VERGATARIO, que no se cansaba de esgrimir como si fuese ora un garrote ora un florete, a su madre, Elena Frías. El Día de la Madre era la fecha señalada (aquí se celebra el segundo domingo de mayo), pero las madres se quedaron sin el celular. Y los niños y los viudos y los primos. Hoy a la mañana, el fontanero (estamos haciendo un trabajo de arqueología para redefinir el lugar y el por qué de los conductos de agua domésticos) llegó gritando que estuvo todo el domingo buscando el VERGATARIO por Caracas y que no lo pudo encontrar."Caminé y caminé por Sabana Grande y fui a los centros comerciales: nada". La visita dominical a los centros comerciales en Venezuela es como ir a misa: los domingos centro comercial y comunión más consumición. Se lamentaba a voz en grito con golpes de pecho teatrales, alargando las vocales y desencajando la mandíbula en muecas grotescas. Todavía estoy dirimiendo el matiz exacto de ironía. El jueves, mientras desayunábamos los dos juntos (es de ley invitar al fontanero que destrozará tu casa a martillazos) en la mesa del salón, me narraba su intención de regresarse a los Andes venezolanos, donde creció. "Quiero volver a una tierrita que tengo por allá con los cochinos, el cacao, las gallinas, los cambures, el café... Esa es mi gente. Aquí toda la plata se te va en sobrevivir. Con los cochinos, uno sabe a que atenerse: a los tres meses los matas y te los comes. Y cuando te provoca comer, agarras una naranja o una mandarina. ¿No es verdad, amigo?".

PD - Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española:

vergatario, ria.

1. adj. vulg. Ven. Dicho de una persona: Que se destaca o sobresale por alguna cualidad, sobre todo por su valor o su fuerza.

2. adj. vulg. Ven. Dicho de una cosa: óptima.

lunes, 4 de mayo de 2009

Cosas que hacer cuando un terremoto te despierta de madrugada



Un plácido sueño con el murmullo de la lluvia de fondo. Empieza a moverse la cama. 4.40 a.m. A moverse sola, quiero decir. Y yo dentro, bien arropado pero inerme ante las fuerzas telúricas. Un minuto moviéndose, 5,4 en la escala de Richter (un tipo que si no tiene un monumento debería tenerlo ya; vaya desde aquí mi sentido homenaje para Charles Francis Richter). Y pienso, en medio de la fase r.e.m, sobre las opciones que se me abren como un abanico flamenco:

a) Tirarme por la ventana para acortar el sufrimiento y acatar el llamado de la Naturaleza. No, no puedo. Las ventanas de mi séptimo piso están enrejadas por un abuelo paranoico, el anterior inquilino, que pensaba que los ladrones eran de la familia de Spiderman.

b) Recordar alguna de esos sabios consejos del tipo "cosas-que-hacer-cuando-estás-en-pleno-terremoto". Siempre empiezan por lo de "no se dejen llevar por el pánico". A mí lo que me estaba llevando era el sueño, y claro que me quería dejar llevar. Sin embargo, por aquello del instinto de supervivencia, el qué dirán cuando me vean en-la-cama-en-el-suelo-siete-pisos-más-abajo y tal, decidí resistir al llamado de Morfeo (al menos, durante cinco minutos)

c) Ponerme a cubierto. ¿Dónde? Vivo en un séptimo. ¿Quién coño está a cubierto en un séptimo piso sobre una falla en la principal zona sísmica de Venezuela?

d) Bajar a la calle a esperar la réplica. Esto lo hicieron mis vecinos, con sus perros y sus gatos, y el consiguiente estruendo en plena madrugada. Además de algo horrible y ensordecedor, es totalmente absurdo: estás en la cama, bien arropado, con el sueño esperando a la vuelta de la esquina cerebral. ¡Qué mejor lugar para pasar a mejor vida!

(¡Bajaron a la calle en ascensor a esperar la réplica, porque en mi edificio por el miedo a la inseguridad -sic- las escaleras no conectan con la planta baja, sólo con la primera planta y tienen una reja con cerrojo para acceder a la puerta de entrada. En fin, unos ases de la geología!).

e) Levantarme a ver qué está pasando y preguntar a un amigo que está durmiendo en el sofá cómo le va. ¿Para qué?. Leer opción c.

f) Hacer como que es un mal pero divertido sueño de la incipiente época de lluvias caribeña. Casi, casi, juro que lo intenté, pero el puñetero instinto de supervivencia (que debe de ser una forma elegante de tener miedo) parece que es más insomne que yo.

g) Ir a mear. No vaya a ser que se quede uno atrapado y no pueda aliviarse en las futuras horas de inmovilidad forzada entre cascotes. (Tampoco, meé al alba, como todo el mundo con cierto sentido común y sueño acumulado).

¡Feliz lunes!

domingo, 3 de mayo de 2009

Sobre el oficio

Esto (de arriba) es la imagen de una pelota tailandesa fotografiada en un bar de una playa venezolana. Y esto (de abajo) es el texto que leí al regresar de un viaje más a los Llanos venezolanos. (De un pueblo que se llama Calabozo. El nombre es un ejemplo de honestidad poco común). A lo que iba, leí esto a medianoche y lo copié. Es de Julio Camba a quien, creo que ya lo he dicho, suelo leer a medianoche. Escuchen con atención:

"Si yo tuviera un casita a orillas del mar, o bien en la falda de una montaña, ante un paisaje de esta y esta manera, ¡qué bien trabajaría yo allí!...

Esto nos decimos todos y, sin embargo, yo, por mi parte, nunca he trabajado más a gusto que en plena redacción, ante un compañero que hace chistes y pide pitillos, o que en un antrillo sórdido, debajo de una teja, en el quinto piso de una calle con mucho tránsito, llena de bocinazos, de pregones y de toda clase de ruidos. En plena Naturaleza soy hombre muerto. Lo que menos se me ocurre frente al mar inmenso o a la augusta montaña es hacer un artículo para un periódico, y si lo hago es a la fuerza. ¡Dios bendiga a esos hombres que ante el espectáculo de la Naturaleza sienten el deseo irresistible de escribir para la Prensa periódica, y que, para confeccionar un artículo de tres cuartos de columna, creen necesaria la colaboración del mar, del cielo, de los árboles y de los pájaros. A mí, la Naturaleza me produce una sola inspiración: la de dormir, la de no escribir artículo ninguno. Si al asomarme a mi ventana recén levantado, veo el mar a mis pies, ya no encuentro manera de hacer una línea. Por lo demás, ¿qué clase artículos puede escribir uno ante la Naturaleza? ¿Descripciones poéticas? ¿Es que es lícito cobrar un sueldo de un periódico para hacerles tragar a los lectores descripciones poéticas de la Naturaleza?

Yo no comprendo que la Naturaleza inspire a los escritores y que no inspire, por ejemplo, a los cerrajeros. Es dcecir: eso de que frente a la Naturaleza un escritor sienta el deseo irresistible de hacer un artículo, me parece igual que si un cerrajero sintiera el mismo caso el deseo irresistible de hacer una cerradura.

Porque los artículos y los dramas, los versos y las novelas tienen generalmente con la Naturaleza una relación semejante a la que pueda tener la cerrajería. No nos hagamos ilusiones. La literatura no es, como creen muchos literatos, una cosa tan grande y tan bella como el mar o el cielo; a lo menos, la literatura que hace todo el mundo. Es una mala manera de ganarse la vida, y nada más. Irse al mar, o a la montaña, a un lago o a un bosque, escoger cuidadosamente cielos azules y crepúsculos aúreos para luego sacar de todo ello tres cuartos de columna del cuerpo nueve... No.

Esos tres cuartos se escriben más dignamente a la luz de un quinqué, bajo el techo ahumado de un cuarto de seis duros, en el quinto piso de una calle cualquiera".

jueves, 23 de abril de 2009

Modos de ser venezolano

O una breve nota sobre el reciclaje conceptual en Venezuela. Estás harto, arrecho, de que la gente estacione su carro en frente de la salida del garaje de tu casa. Has llamado a la policía, has rayado la pintura de alguno, hasta pinchado un caucho en un momento de tensión acumulada. Se te enciende una bombilla o una vela, lo mismo da. Algo se enciende. No es una idea, pero casi lo parece. Robas una señal de tráfico de "Pare" (Stop, para aquellos de la Europa continental). Y la colocas a la entrada de tu casa, apoyada sobre la llanta oxidada de un carro viejo. Hay un montón regadas por ahí. Lo mejor, sin embargo, está por llegar. Agarras o compras o pides prestado o robas, lo mismo da: un spray. Y escribes a mano, con mayúsculas, el lema, plasmas la idea sobre el fondo rojo. "NO PARE". Ya está, ya ha pasado. Has logrado lo que buscabas, le has plantado cara al universo que se conjuraba en tu contra. ¡Coño la madre!, exclamas satisfecho. Y entras dentro en busca de una cerveza o coca-cola o una frescolita o una malta o un jugo o un seven up, pero jamás de agua.

(Sólo me hago una pregunta, yo el fotógrafo invisible: ¿qué ocurrirá en el cruce del que, súbitamente, desapareció una señal que instaba a detenerse y comprobar si era posible cruzar?. Es, lo sé, una pregunta espúrea, inútil. Pero me ronda la cabeza como un mosquito zumbando alrededor de mi cabeza en un día febril y espeso de pensamientos que no acaban de diluirse. Allá, en Santa Elena de Uarién, pero podría ser en cualquier parte de Venezuela)

martes, 21 de abril de 2009

Platillos volantes en el abismo (viaje a la frontera IV)

Platillos volantes en el abismo del Paují. Fin del viaje. El abismo es el valle que se divisa tras el corte abrupto de la meseta donde se ubica el Paují. Es una vasta extensión de selva frondosa y tupida, en el que los verdes se multiplican y no se ve ni un solo claro. Es hermoso, y hasta se podría utilizar el término inconmensurable sin caer en la clásica exageración paisajística. Al fondo, hasta donde alcanza la vista, está la frontera con Brasil. Dicen los del lugar, que es un sitio mágico donde en las noches se ven platillos volantes y seres extraterrestres. No digo que no, pero yo no vi uno. Y mira que me habría encantado. Me dicen que es que la gente de la ciudad está demasiado acostumbrada a mirar hacia abajo, hacia el suelo, y que sólo alzando la cabeza uno puede ver los seres de otros planetas. Yo digo que quizá es mi miopía.

El lugar, continúan, está repleto de energía telúrica debido a la concentración de minerales. Los hippies, claro, bailan y hacen malabares y venden artesanías. Es un lugar hermoso y sosegado y plácido. La brisa sopla calmadamente y los habitantes viven de la apicultura, el cultivo de malva y los turistas colgados (como nosotros) que visitan el pueblo. Apenas 300 habitantes.

Todo el mundo habla de armonía, pero si uno pregunta y conversa más de dos frases, salta a la vista que la armonía a veces se va de vacaciones o pierde el bus y no llega o se ríe de sí misma. Algunos indígenas, cautivados por misioneros adventistas, hablan de echar a los blancos del lugar (los blancos son los hippies). Los hippies tratan de vivir como los indígenas, pero resulta que éstos están encantados con los champús para el pelo y la moda urbana. Entonces, los hippies se enfadan con los indígenas que a su vez se enfadan con los hippies. Porque unos visten como los otros y viceversa, y ya no se sabe quien es quien.

A los indígenas les encanta quemar. Cada poco tiempo, queman pequeñas extensiones de selva para cultivar yuca. Los hippies y los ecologistas se enfadan y dicen que hay que respetar y conservar la naturaleza. Los indígenas dicen que ellos la llevan respetando mucho tiempo, que no les tienen que explicar nada, que queman para cultivar yuca para hacer casabe (el exquisito pan indígena). Y les piden cerveza, y algo de ron. Los hippies tratan de negociar, por su parte, con el alcalde de Santa Elena tierras en las que erigir sus pequeñas casas autosostenibles. Los indígenas dicen que para respetar la tierra realmente que se las dejen a ellos que son los que siempre han estado allí. A los hippies no les parece del todo bien el argumento. Luego, los misioneros adventistas instan a los indígenas a que dejen de tomar cachire (su licor casero), y algunos indígenas se enfadan a su vez con los misioneros. Los misioneros, siguiendo el lema de divide y vencerás, atraen a algunos indígenas que a su vez se enfadan con otros indígenas. Los hippies, para no ser menos, se pelean entre sí por las tierras que quieren porque no todas son igual de bonitas y apetitosas. Y, para colmo, una amiga vegetariana que habla sin parar de positivismo, alineación de astros, magnetismo especial, misticismo espiritual y comunión con la naturaleza, me cuenta que estaba deseando volverse a Caracas para poder comer lechuga y tomate, porque allí todo es harina pan (arepas) y queso. En fin.

Al irme, tras lanzarnos a un pozo que llaman Esmeralda, me da por mirar atrás a ver si los agarro desprevenidos. Tampoco. Ni un platillo volante. O si estaban, eran invisibles. Lástima.

domingo, 19 de abril de 2009

Un pueblo llamado El Polaco (viaje a la frontera III)

Al agarrar el desvío, a medio camino hacia El Paují, parece mentira que pueda haber un pueblo. Parece mentira que pueda vivir alguien. Y, sin embargo, viven casi dos centenares de personas. Todas viven de la mina: o escarban en la tierra y se dejan las pupilas en la batea, o venden cerveza o café o comida a quienes escarban la tierra y se dejan las pupilas en la batea. El Polaco es un pueblo perdido que vive de la leyenda. La leyenda de haber sido el lugar donde se encontró el diamante más grande del mundo: 154 quilates. Lo encontraron dos mineros, Barrabás y Támbara, en 1942. Cuenta la historia que vendieron la piedra por una fortuna a una firma estadounidense. Y con el dinero alquilaron un avión, lo llenaron de prostitutas y whisky añejo, y se dedicaron a volar por Venezuela hasta que el dinero se esfumó. Tardaron en hacerlo, pero lo consiguieron. Se lo gastaron todo. Tras los festejos, volvieron a la mina con las manos vacías en los bolsillos y la cabeza llena de historias de la ciudad. No volvieron a encontrar otro. Barrabás acabó sus días en el Paují vendiendo cambures (plátanos) y contando su historia a quien quisiese escucharla.

Hoy en día en el Polaco, la vida es un reloj roto. No pasa nada, a parte de los accidentes en la mina. Uno de los dueños de las pistolas de agua que desgranan las piedras de la ladera de la montaña nos cuenta con un brazo escayolado cómo se lo rompió por múltiples lugares. Una enorme piedra le cayó en el brazo y se lo destrozó. En el gemelo de su pierna mostraba una cicatriz. Le extrajeron un nervio para que recuperase la sensibilidad en el brazo lastimado. "No es seguro, decía, pero hay que intentarlo. ¿Cómo puede vivir un minero con un brazo inútil?". Trabajan como locos, todos los días del año en busca de las preciadas piedras. En El Polaco todas las casas son de lata y cartón. Y en su plaza, un triángulo de hierba salvaje, los puercos deambulan a sus anchas comiendo lo que encuentran. Hace un terrible calor húmedo que hace incómodo hasta el pensar. Las latas de cervezas y las pintadas a favor del presidente venezolano son los únicos adornos. No tienen luz, sólo la que ofrece un planta generadora que se pone en marcha por las noches. Y no tienen cobertura telefónica más que en la cima de un pequeño cerro en la que han construido una escalera de madera a modo de pedestal donde se suben para hablar por teléfono. Es su cabina de teléfonos. En El Polaco a uno le queda la duda de si esa gente vive en el mismo mundo que uno. Puro diamante y oro en la mirada. No obstante, nadie se quiere ir de allí. "Estamos bien todos", dicen. Cuando la planta eléctrica funciona, encienden sus televisores con conexión satelital. Les encanta la Fórmula uno. Separando las piedras con el mercurio (que utilizan para adherir las invisibles partículas de oro) discuten sobre los difusores de los Brawn de Button y Barrichello. (Dos españoles se ríen de España desde lejos, y se muestran orgullosos de Alonso).

Todo está lleno de agua estancada, y el agua estancada es un diabólico imán para la malaria. La enfermedad se percibe en el ambiente: que presiona, invisible, los hombros y obliga a sentarse. "Estamos bien todos, sólo necesitamos más máquinas para sacar todo lo que queda en la montaña. Está ful de oro, ful de oro". Al salir del pueblo, es obligatorio frotarse los ojos y pellizcarse para tratar de despertar del sueño. En El Polaco uno sueña despierto. Un sueño perenne.