En Patanemo hacía tanto calor que incluso los mosquitos se daban por vencidos, y se les podía ver disfrutando de los ventiladores junto al resto de los mortales, sin ganas de batallar. Cuando llueve en Patanemo, todo se encharca: las carreteras a las que faltan un par de capas de asfalto para recibir tal nombre y las casas sin ningún sistema de drenaje. Al ir a pagar una ronda de cervezas en el hotel, el camarero, un negro orondo de cabeza del mismo tamaño que su barriga y una permanente sonrisa de buda recién comido, le pregunté si podía pagarle al final, cuando nos regresásemos a la habitación.
- No, papá. ¡Aquí todo es tin-tlín!- me espeta entre carcajadas.
- ¿Y cómo te hago yo tin-tlín con un billete, mipana? - le pregunto mientras trato de imitar el sonido metálico de las monedas con un billete de 50 bolívares fuertes al contactar con el mostrador.
- ¡En la mano siempre suena tin-tlín! - me responde triunfante, a la vez que extiende la suya.
A ver si a Cristo, de la que llega, le explican lo del "tin-tlín". Para que no se llame a engaños, digo.
2 comentarios:
Fon, me voy ahora mismo a comprarme el Magallanes de Zweig. Por cierto, ¿te leíste El Mundo de ayer?
Un abrazo, maestro
Ambrosio: Corre, corre a la librería. No, no me leí el mundo ayer. ¿Qué salía? Andaba en un cementerio caraqueño, contemplando una exhumación de cadáveres. Muy instructivo.
¡Otro abrazo, maifriend!
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