lunes, 26 de octubre de 2009

Bogotado

De la semana bogotana me quedo con una cazuela de frijoles: exquisita en su contundencia andina. Volví, días después, al mismo restaurante de La Candelaria, y dije: "quiero otra cazuela de frijoles, por favor". De nuevo, el cuenco repleto de frijoles y banano y cilantro y arroz y algo de carne de res. En vez de sonreír con la boca, lo hice con el estómago, que es una una manera mucho más inteligente de sonreír. Afuera llovía.

En Bogotá llueve como sangran los heridos de bala: a borbotones. Las callejuelas inclinadas del casco histórico recuerdan los libros de historia colonial que ahora me da por leer en los aeropuertos. Bogotá está toda repleta de militares y estudiantes. Todos igual de jóvenes, dramáticamente jóvenes. Y los taxis cuentan con un taxímetro, que es la diferencia fundamental (digan lo que digan los historiadores y analistas políticos) entre ambas naciones hermanas. Mañana os hablo de la ducha de Bolívar, de Simón, me refiero, que tiene su vaina...

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