lunes, 16 de marzo de 2009

Lo difícil es regresar

Salir de Chirimena en peñero con dirección a una playa como ésta no es difícil. Lo difícil es llegar a Chirimena, a 120 kilómetros al este de Caracas, en un Volkswagen escarabajo de 1973 al que le han operado a corazón abierto una decena de veces. Que es mi caso. Y, sin embargo, llegamos y, sobre todo, volvimos a Caracas. Me gasté 2 bolívares fuertes en la gasolina, 20 en el estacionamiento vigilado, 25 en el peñero, 50 en el pescado frito y las cervezas (total: doce euros).

El Volkswagen ha vuelto a la vida pero como siempre, a su manera, que es un modo muy peculiar de restarle seriedad a la mía. El viernes por la noche, tras una noche de salsa, el carro decidió que el vidrio de la ventanilla del piloto no podía subirse, y que la manivela sólo funcionaba para abajo. Esto no está mal de por sí en un país caribeño, está mal en un país caribeño en el que aparcas el carro por las noches frente a tu edificio sin más seguridad que las ganas (las no ganas) del vigilante de turno de echarle un ojo. Se lo comenté al nuevo ( últimanente siempre hay uno nuevo, lo cual no me deja de levantar sospechas), y me dijo que él a las 11 se recoge al interior del edificio, y que desde entonces su política es el encogimiento de hombros y el mirar para otro lado. Me lo explicó con tal dominio de la dramaturgia que apenas utilizó un gruñido y una palabra inteligible. Un tío cabal, me dije.

Pues bien, la ida fue sencilla, y la brisa me despeinaba alegremente mientras mirábamos al cielo jugando a la metereología recreativa. Sólo me equivoqué de camino dos veces.

La vuelta fue ligeramente más controvertida. Salimos tarde, ya cayendo la noche. Lo que significaba utilizar las luces, unas luces que en modo "cortas" no son tales y en modo "largas" son poquito más que "cortas". Además, el carro anda medio tuerto: con lo que se nos veía más del lado izquierdo que del derecho, sin connotaciones políticas. A medio camino, comenzó a llover con una intensidad que parecía el berrinche de un bebé en medio de la noche eterna de los tiempos. Se veía poco, y con mi carro, menos. No hay que olvidar el detalle de que el vidrio de copiloto "sólo podía bajarse", y ya se encontraba más abajo de la mitad de su recorrido. En los arcenes, los habituales adelantamientos por la derecha, y las ristras de carros aparcados y/o accidentados de los que salían conductores con la cerveza agarrada como un salvavidas para aliviar sus riñones. Mi amigo es de Canterbury, y su novia dormía placenteramente atrás. Explica a un inglés la razón por la que todos los conductores llevan una (o dos) cervezas en la mano cuando bajan de un carro en plena autovía. Paró de llover, y volvimos a ver la estela de la carretera. Después hubo un atasco, el mayor peligro de mi carro: en los atascos se recalienta en exceso y eso le lleva habitualmente a deslizarse hacia la somnolencia mecánica. No lo hizo. Quizá por respeto a mi amigo de Canterbury, que cantaba a mi lado canciones de los Smiths (la radio de mi carro ya no va) para, supongo, tranquilizarse, y tranquilizarnos. Al carro parece que le gusta el pop inglés.

Lo puedo jurar, el primer sorprendido fui yo mismo. Hasta le pegué una cariñosa patada en uno de los frontales donde tiene un reciente y ligero choque. Pero ésa, como dicen los buenos echadores de cuentos, ésa ya es otra historia...

6 comentarios:

Anónimo dijo...

ALFONS!!

como se te ocurre irte con el escarabjo??!!da gracias que llegasteis!
no os moristeis de calor en el camino?

cuidate, besos
A.

Ambrosius de Königsberg dijo...

Es un poco como el ascensor del trabajo. El otro día le di una patada muy poco cariñosa y cuatro días después sigue estropeado.
Lo cual, en parte, me halaga.
lo cual, en parte, me cansa.
Porque trabajo en un quinto piso y aun no he dejado de fumar.

juan dijo...

alfonso como diría aquel...
tu eres mi padre!
gran historia

David dijo...

fon, no olvides aquella secuencia parapolicial en el centro de caracas a primera hora de aquella mañana recorriendo la calle en sentido contrario, subidos, uno más que el otro, a lomos del escarabajo de las pelotas, alertando al resto de vehículos de nuestra presencia a través de la alarma-sirena de tu incombustible carro. long live the beetle!

Anónimo dijo...

jajajaja que grande el post, has puesto ya alguno foto del cacharro? por cierto tiene nombre?

jorgin.

fon dijo...

A: Uno, que es un aventurero por naturaleza... besos

Ambrosius: Habrá que presentar a mi carro y a tu ascensor, seguro que hacen buenas migas...

Juan: No me digas eso que me sonrojas...

David: Esa sí que fue otra historia espectacular, 300 metros en plan kamikaze empujando un escarabajo en dirección contraria...

Jorgin: Claro, alguna foto le he dedicado al muy cabrón, todavía no tiene nombre, pero está al caer...