miércoles, 27 de enero de 2010

Palmeras lacrimógenas

A treinta por hora, al raletí, se encuentran las marchas. Un cordón policial, de azul oscuro, del azul oscuro con el que visten a los niños en la primera comunión, separa a unos de los otros. Hablan de lado a lado. Cantan consignas: como en el béisbol, como en los bares, como en misa. La policía trata de poner calma. Van disfrazados de centuriones del futuro. Hay piedras en el suelo, varas de metal, pañuelos bañados en vinagre para el momento de los gases lacrimógenos, que cruzarán el cielo soleado de Caracas con extraña y barata poesía. Una mujer recrimina, en medio de las conversaciones, a los policías cómo su marido fue atracado por uno de ellos días atrás. El policía, mientras chupa un tetrabrik de jugo de durazno, solicita con sorprendente cortesía para un tipo con dos pistolas y una escopeta repleta de perdigones del tamaño de una pelota de golf, que no generalice. "No somos todos así, señora, créame. Es un problema que estamos tratando de solucionar". Al lado, una muchachita con las manos pintadas de blanco pregunta a otro policía si todos los chalecos antibalas son iguales, o si los jefes tienen unos mejores, más gordos, más seguros, más arrechos. Los periodistas se aburren, los policías se aburren, los manifestantes se aburren, las palmeras se aburren. Ante el tedio, y bajo el sol tropical de un mediodía de enero, es lógico y casi sensato que alguien lance una piedra o una botella o un trozo de ladrillo. (Ya era hora, parece ser el suspiro generalizado). Las consignas se convierten en objetos, y bajo un cielo hermoso y tan azul que casi no se ve, comienzan a llover cosas, objetos. Disparos al aire. La niebla acre de las bombas lacrimógenas rodea las palmeras. Nubes que huelen a química rancia. Al otro lado del río, los carros se detienen y los conductores contemplan el espectáculo. Más disparos al aire. La gente corre en direcciones opuestas. La policía se queda sola en el medio. Alguien grita ¡libertad!. Otro grita ¡mamagüevo! Todos hemos cumplido con el trabajo, pues.

Sin embargo, aquí, en Caracas, no murió nadie. En Mérida, en los Andes, dos jóvenes perdieron la vida.

lunes, 18 de enero de 2010

Se abrió (definitivamente) el juego

No es un error que en la fotografía no aparezcan bolívares, sean fuertas o débiles. El bolívar es lo de menos. La reciente devaluación del bolívar decretada por el presidente venezolano, Hugo Chávez, recibió como respuesta el unánime aplauso del Fondo Monetario Internacional (FMI). Que es como si el Joker se dedica a aplaudir los denodados esfuerzos de Batman en Gotham City. La devaluación tiene su lógica, sobre todo en el mundo capitalista. Especialmente, si es para fomentar las exportaciones. Venezuela, sin embargo, no es ni capitalista ni tiene un sector exportador importante. Dos de las muchas paradojas del caso. Y es que Venezuela, a parte de petróleo, no exporta nada. Nada de nada. Y el petróleo se paga en divisa, en dólares. Pese a quien pese.

Por tanto, lo que realmente quiere hacer el gobierno revolucionario es atacar el mercado paralelo de divisas. Quiere controlar el precio y el acceso a estas divisas paralelas. El mercado paralelo es una especie de limbo en el que las monedas flotan y suben y bajan y vuelven a subir y a bajar. Todos los días, todas las horas. Con la nueva polítiva económica, aplaudida por el FMI y todas esas calificadoras de riesgo tan malvadas, se establecen tres tipos de cambio:

- Cambio VIP - 2,60 bolívares fuertes por dólar. Sólo tendrán acceso a ellos, el dólar más barato del mercado mundial, el gobierno en los rubros básicos de alimentación y medicamentos.
- Cambio "petrolero" - 4,30 bolívares por dólar. O así lo denominó, al menos, el presidente. Establecido para el resto de los rubros, que son considerados de lujo.
-Cambio paralelo - Un cambio fluctuante entre 4,30 y 6,50, que oscila en función de: la demanda de los venezolanos, si llueve o hace sol, si ganó Leones de Caracas o Navegantes de Magallanes, si me acabo de casar o de divorciar, si me duele la barriga o me acabo de cortar el pelo, y así sucesivamente. Todas ellas, es importante subrayarlo, variables de igual importancia.

O lo que es lo mismo: un precio para los colegas, otro precio para los burgueses y un tercero para los huevones. Colegas, burgueses y huevones ya están haciendo cálculos. Porque la gente es, a la vez, colega, burgués y huevona dependiendo de las circunstancias. Por eso esta es una revolución tan peculiar, tan divertidad, tan bonita.

Lo que nos lleva a dar esa respuesta que tanto gusta a los economistas tras sus sesudas reflexiones. ¿Es positivo o negativo la reciente devaluación del dólar, en un 30 por ciento en el caso del dólar oficial y un 100 por cien en el caso del dólar petrolero? DEPENDE.

De lo que está por pasar, algo hay seguro:
1) Inflación. Me contaba un amigo con más de tres décadas en Venezuela. Esto ya lo hemos visto. Ahora todo el mundo aplicará una subida del 130/140 por ciento. Para cubrirse las espaldas, no vaya a ser que se queden con el culo al aire. Economía emocional, tú tensa la cuerda hasta que veas que ya no da más de sí.
2) Banquete de divisas. ¿Cuál es el negocio que florecerá ahora en Venezuela, incluso más que antes? El juego de compra-venta de divisas, que es muy lucrativo, muy hermoso y muy ligero. ¿Cuánto pesa un billete de cien dólares? Mucho menos que una bolsa de arroz, un automóvil o un frigorífico.

Como en los casinos, el gobierno ha gritado: ¡Se abre el juego, señores! ¡Hagan sus apuestas! Comienza el carrusel...

miércoles, 13 de enero de 2010

Tres filtros de seguridad

Así, mentalmente, me veía discutiendo con los miembros de la Guardia Nacional Bolivariana antes de subir al vuelo destino Madrid. Los cuerpos de seguridad son tus amigos, dicen. Están para protegerte, insisten. Aquí van mis tres encuentros con los encargados de velar por mi/su/de ellos seguridad en el trayecto de Venezuela a España:

1) En la cola para facturar. Aeropuerto de Maiquetía: 28 grados de temperatura en el exterior, 14 en el interior, gracias al nunca bien ponderado aire acondicionado. Me llega una hermosa Guardia Nacional, en uniforme verde oliva, y me pide la documentación, y que quién soy, y que adónde voy, y que por qué voy solo. Le respondo pacientemente a sus preguntas, con serenidad y espíritu de colaboración. Tal y como mandan los manuales. Finalmente, localiza en mi pasaporte múltiples sellos de entrada. Y se muestra sorprendida por mis escasos viajes a España. "Ay, mi amor, y cómo haces para estar tan lejos de tus seres queridos. Yo no podría".

Suspiro, mientras miro su revólver sucio de polvo.

2) En la misma cola para facturar. Otro miembro de la Guardia Nacional, esta vez hombre, joven y jovial. Su verde oliva tiene unos matices algo más oscuros, unas pequeñas manchas color patata. Minutos después del encuentro número 1. Adónde vas, por qué vas, qué haces solo, dónde vives en Caracas. Respondo por segunda vez con igual serenidad y un poquito menos de espíritu de colaboración, algo casi imperceptible si no has presenciado el primer encuentro. Finalmente, me pregunta: ¿Y cúanto devenga usted?. Disculpe, respondo. ¿Que cuanto devenga, cuanto le paga su empresa?. Le miento. 2.500 BsF, digo. Pues le pagan poco, la verdad. Buen viaje.

Y se va con aires de superioridad.

3) En Madrid-Barajas, tras recoger la maleta. Un guardia civil, uniforme en varias tonalidades de verde pistacho, tez pálida en plan luna llena. Hágame el favor, me dice. ¿Me permite revisarle el equipaje?. Pienso: ¿tengo alguna otra alternativa?. Digo: por supuesto. Pasa por el escáner la maleta y el equipaje de mano. Se introduce en una sala donde está el monitor. Vuelve con cara de trabajo bien hecho. "Sólo lleva libros, ¿verdad? Continúe, muchas gracias". Me dice con aire displicente. Yo suspiro con ínfulas del literato que no soy.

Nada como volver a casa, pienso en voz alta.