
- ¡Sorry! - como si fuésemos turistas gringos, antes de volver a la golpeadera.
O esta otra. Paseando con una literata argentina por las empedradas calles, llegamos a un librería que hace esquina. El librero está sentado fuera, en una gran mesa de madera. Se dedica a contabilizar los números del suplemento dominical, Magazin, del periódico bogotano El Espectador. Dentro, en la tienda, pilas de libros se elevan como estalagmitas. Tiene de todo y de todos los lugares, aunque según comenta, se ha especializado en todo lo que tenga que ver con Colombia. Es una verdadera delicia. Más de 60 años, nos dice. Y tiene Revistas de Occidente, y Blanco y Negro de más de medio siglo. Agarro un libro de reportajes de Gabriel García Márquez, y lo hojeo con calma.
"Es bueno, me dice, pero está demasiado encumbrado. Aquí en Colombia, todo lo exageramos y con Gabo ha pasado lo mismo. Nos equivocamos. Los extremos son peligrosos".
Pero lo fascinante llega al final. Le pregunto por el nombre de la librería. "No tiene, me responde". ¿Y, cómo así? "Lo prefiero así, de este modo no vienen más que quienes lo conocen de antaño, o quienes arriban por azar, como ustedes. Esos son los mejores clientes. Los que me conocen de viejo o los que no me conocen de nada." Y se vuelve a contar sus números de suplementos.
Por cierto, compré el libro de Gabo, con pesos argentinos regalados. "De viaje por los países socialistas", de 1957. Lo empecé a leer en el vuelo de vuelta Bogotá-Caracas. Una puta maravilla.
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