En Tucacas el calor es sofocantemente húmedo, uno suda simplemente por el hecho de estar vivo. Y los perros, cómo no, dormitan tumbados de lado, indiferentes al trajín humano.
Ayer, al asistir a la conferencia de un aclamado sociólogo francés en el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas, me encuentro con un hombre con aspecto de topo (lentes, rechoncho, de paso corto y agitado, cara picada por la viruela) que me saluda efusivamente y me pregunta si me gusta el posmodernismo. Me encojo de hombros. Y él se me presenta como estudiante de filosofía. Bajamos hacia la sala, y me vuelve a preguntar:
- Pero, usted, ¿es posmodernista o marxista?-
- Peor -le digo-, periodista.
Se aleja murmurando entre dientes. En la sala, faltaban algunas sillas para acomodar a la audiencia. El filósofo con cara de topo, que no encuentra asiento, comienza a gritar:
- Marxismo, marxismo. Cuando traigan a un posmodernista, por lo menos pongan sillas para no permanecer parados (en pie). O si no, traigan a un marxista. Esto es una revolución marxista, oigan, MARXISTA.
Todo esto mientras desaparece, cual personaje de una obra de teatro del absurdo.
2 comentarios:
¡Pon el nombre del intelectual francés! Bueno, da lo mismo: seguro que odia a Rusia, una patente de corso de los enfants terribles que produce ese país en hornadas sucesivas.
Sergio: Ahí va, Michel Maffesoli... Pero lo mejor de la conferencia fue el público asistente, acabó enredado en una discusión con el embajador de Argelia en Venezuela sobre los orígenes del terrorismo islamista. Cuando le preguntaron por Venezuela, se fue por los cerros de Úbeda, y acabó con un melifluo "Disculpen mi prudencia"
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